La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa.
—Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada.
—Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz —murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua.
—De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos.
—¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel?
—Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran.
Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación.
—¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos.
El junco le hizo una amplia reverencia.
La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano.
—Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos.
A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante.
—No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa.
Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias.
—Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes.
—¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar.
—¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós!
Y diciendo esto, se echó a volar.
Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad.
—¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad hay algún albergue donde pueda pernoctar.
En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna.
—Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado.
Y así diciendo, se posó entre los pies del Príncipe Feliz.
—Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor.
En seguida se preparó para dormir. Mas cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta.
En ese mismo momento cayó otra gota.
—¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea.
Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo.
Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado.
—Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contesto la estatua—, pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar.
—¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley?
Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente.
—Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—... allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?... tengo los pies clavados en este pedestal.
—Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste!
—Es que no me gustan mucho los niños —contesto— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció.
—Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe.
La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente.
—¡Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor!
—Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas!
La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas.
—¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.
Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso.
Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
—¡Qué raro! —agrego—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío.
—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe.
La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida.
Al amanecer voló hacia el río para bañarse.
—¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían.
—Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta.
Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: “¡Qué extranjera tan distinguida!“. Cosa que a la golondrina la hacía feliz.
Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe.
—¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más?
—Los míos me están esperando en Egipto —contesto la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado.
—Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí?
—¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra.
—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer.
Y se puso a llorar.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas.
—¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra!
Y se le notaba muy contento.
Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso.
Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz.
—Vengo a decirte adiós—le dijo.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo.
—Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará.
—Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico.
La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos.
—¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa.
Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre.
—No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua.
Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones.
Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas.
—Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras.
Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor.
—¡Qué hambre tenemos! —decían.
—¡Fuera de ahí! les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia.
Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto.
—Mi estatua esta recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad.
Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad.
—¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban.
Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río.
La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar.
Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano?
—Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho.
—No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua.
—¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado!
—¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo.
—El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado —dijo el alcalde—. En una palabra se ha transformado en un verdadero mendigo.
—¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores.
—Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohiba a los pájaros venirse a morir aquí.
El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea.
Entonces mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz.
—Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir que harían con el metal.
—Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
—Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez.
Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo.
—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura.
Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta.
—Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
—Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Aurea Ciudad.
martes, 17 de junio de 2014
miércoles, 11 de junio de 2014
Don Beño - Oscar Castro
En el boliche de don Beño hay de todo. Desde las escobas ensartadas en los barriles del maíz y los atados de cochayuyo, hasta las tiras de charqui colgadas en alambres para banquete de las moscas; desde las prietas de chancho y los broches de presión, hasta los aros de vidrio pintado "pa la novia". También hay—así lo proclama afuera una pizarra desteñida—"chicha dulse de Doñihue resién yegada y chocolí blanco y tinto".
Puede ser que don Beño tenga cuarenta y cinco años. También puede ocurrir que tenga sesenta. Hace quince que los parroquianos le conocen los mismos bigotes lacios y las mismas palabras gastadas. A sus espaldas la estantería ha ido envejeciendo. Hasta los cigarrillos y las botellas de cerveza parecen tener arrugas. Él, por contraste, prefirió quedarse igual. Tiene las manos grandotas y los ojos ladinos. Las primeras le sirven para hacerse respetar; los ojos, para que no se le vayan sin pagar los clientes.
El negocio está ubicado unos metros más acá de la vía férrea, límite municipal del pueblo. A una cuadra queda el cementerio. De la "línea" para allá, la calle, aburrida, opta por ser camino. No es mucha la diferencia: unas cuantas zarzamoras de más y unos pocos chiquillos de menos. Por el camino de "El Trapiche" caen a la calle del Cementerio los peones de los fundos próximos. Los sábados al anochecer, "lo de on Beño" se llena de parroquianos. Son muy pocos los que pueden resistir el aroma deleitoso de las sopaipillas y de los arrollados "calentitos" y picantes que el bolichero pone como una tentación sobre el mostrador en grandes fuentes de greda.
El día viernes es, generalmente, malo para el negocio Agotado el dinero de la semana, el vecindario no compra casi. Y las comadres que acuden allí, traen muchas palabras y ninguna moneda.
Por eso es que ahora don Beño aguarda sin premura. A pesar de que los objetos apenas se divisan dentro del despacho, no ha encendido la lámpara de carburo. Espera que alguien entre para hacerlo. Mientras tanto, se ha acodado en un montón de sacos y mira los juegos de algunos rapaces en la calle terrosa. Sobre las cosas de afuera, caen los últimos fuegos de las nubes costeñas. Algunos murciélagos pasan ya, como telarañas volanderas. Las risas de los mocosos lavan el ambiente con un agua celeste y clara.
La paciencia de don Beño se prolonga, medio adormilada, sobre la espera. Un chiquillo entra a pedir un "atao de cigarros y un litro de chocolí a la cuenta del taita". Lo despacha de mal humor y anota dos rayas en la ya larga lista de su cliente. No trabó nunca conocimiento con las matemáticas. Su contabilidad es un sistema de trazos cortos y largos, cuya clave es de su exclusiva propiedad.
A pesar del avisito en verso, el despachero abre créditos. Pero con límites y reticencias. Sabe que las deudas chicas no se pagan por insignificantes. Y las crecidas tampoco, porque en el barrio no hay gente rica... A veces fía por aburrimiento. Le cansa escuchar súplicas y lloriqueos de las vecinas:
—"Este sinvergüenza'e mi marío, señor, por Dios, que no se le da niunita cosa por sus crías ni por naide. Too se lo toma, too lo bota por ahí con sus marditos amigos. Y lo pior es que abandona el trabajo y endespués no lo almiten más. Pero es inútil decirle ná, señor, porqu'está perdío y no le quea ni pizquita'e vergüenza. Ahora tengo a los chiquillos llorando de hambre"..., etc., etc.
—"¡Qué diablos, toos tienen derecho a la vía!" —comenta después de cada rasgo de desprendimiento—. Y a lo mejor no sabe uno lo que le ha'e suceder mañana. . .
La soledad y la noche penetran lentamente al negocio. Se sienten bien allí. Se vacían en el mostrador, en los sacos de papas, en los rincones más desconsolados de la pieza. Ayudan a los ratones en su tarea. Lustran el traje negro de las "baratas". Permanecen allí hasta que el despachero se decide a arrojarlas fuera con la luz de la lámpara. Cuando la llama se alarga en forma de puñal, adquiriendo toda su intensidad, don Beño toma una revista grasienta y la hojea sin atención. Entonces, la calle empuja un hombre hacia la puerta.
La primera mirada del bolichero es de indiferencia para el visitante. Pero luego reacciona. La cara del hombre tiene una palidez de tiza. Una súplica inmensa se desborda de sus ojos. Da unos pasos y se apoya en lo primero que encuentra su mano: una barrica de maíz. Allí se queda, doblado, apretándose la parte baja del vientre.
—¡Ruperto! ¿Qué te pasa, hombre?
El recién llegado rompe el sufrimiento como una capa de hielo y en su rostro aflora una sonrisa desteñida, lamentable:
—Me fregaron, Beño. Vengo herío.
De dos trancos, el despachero se pone a su lado. Toma la mano izquierda del otro y quiere separársela del cuerpo. Pero está como soldada allí y no lo consigue.
—¿Es tajo?
—No..., balazo.
—¿Quién jué?
—Los pacos. Me traen cuspao. Escóndeme si querís librarme.
—Andale p'acá.
Lo conduce casi en vilo hasta la pieza contigua y lo sienta en su lecho. El forastero se agita un poco y aprieta las mandíbulas con fuerza para triturar los lamentos. Tendrá unos treinta y cinco años. Es todo músculos y huesos. El dolor le ha tallado las facciones a cuchillo. Sus pómulos, acusados con firmeza, tienen algo de cosa fríamente mineral e insensible. Pero sus ojos negros viven con ardorosa intensidad; allá, muy adentro de ellos, comienza a prender una hoguera de fiebre.
—Tengo sé, Beño; dame agua.
Don Beño le pone entre los dedos un vaso de aguardiente. El herido lo vacía de una vez, sin paladearlo, sin darse cuenta del fuego que cae a sus entrañas.
—¿Aónde te abrieron el boquete?
—Aquí.
El hombre retira lentamente su mano y aparece un hoyo negro cerca de la ingle derecha, por donde mana, sin premura, un líquido espeso y obscuro.
—¿Tenís aentro la bala?
—Sí. Parece que me topó en el güeso'e la caera.
—A ver, ábrete los pantalones.
—Anda primero a mirar si los perros me han perdío la güella.
Sale don Beño y regresa casi al instante:
—No, no hay ni un alma en la calle—informa. Y luego, interesado—: ¿Te pillaron en algo?
—No; es por el asunto'e la muert'el Vito, vos ya sabís. Me habían dejao tranquilo porque ni las habían parao siquiera; pero pillaron al Rocha y me vendió. ¡Puee ser que lo encuentre algún día pa enseñale a gente! ¡Chancho mal agradecío!
Mientras don Beño lava la herida del otro y la venda con un trozo sucio de camisa, desanda los años caminados hasta esa noche y se encuentra con Ruperto en un camino solitario. Están los dos agazapados entre la zarzamora, conversando en voz baja. Los une el odio y la ambición. Aguardan a un hombre. Han saltado los cercos de la ley para vengarse. El hombre que esperan es un "delgao'e verijas", un "chupa", un traidor. De aquello hace más de quince años. Pero don Beño tiene tatuada a fuego la escena en su imaginación. El "chupa" asomó en el camino. Venía de las minas. Traía su buena "billetá" en los bolsillos, porque era día de pago. Dos cuchillos cortaron la sombra y buscaron la espalda del caminante. Allí se quedó tendido "sin decir Jesús". Nunca se supo quién lo había muerto. Con el producto de aquel golpe, y pasado un tiempo prudencial, don Beño instaló el boliche que ahora tiene. Ruperto, el compañero, siguió su vida. Hacía sus buenos años que no asomaba por allí. Y ahora...
—Pero ¿juiste vos entonces el que dio güelt'al Vito?
—No, cumpa; jue mi cuchillo. Solito vino a ensartarse el barbeta... Teníamos cuentas viejas. Y vos sabís, yo les doy soga no más; pero un día vienen aonde yo'stoy sin que los llame...
El despachero interrumpe su tarea para echar otro vistazo a la calle. En el mismo instante en que llega a la puerta, dos caballos se paran frente a ella. Hay un ruido de sables, y dos carabineros se desmontan sin decir palabra.
—Güenas noches, on Beño.
—Güenas, sargento.
—¿Qué le parece el friecito?
—Algo empalaora está la noche, pues sargento.
—¿Qué novedades tiene por aquí?
—Niuna. Usté sabe que por aquí raras veces hay cosas nuevas.
Mientras habla, el sargento González ha entrado en el boliche. Mira con disimulo a todas partes. Tras él penetra su otro acompañante.
—¿Quiere servise un trago, sargento?
—No. No'stoy pa esas cosas, on Beño. Vengo detrás de un zorro correorazo que agarró pa estos laos.
—¿Alguno qu'estaba metiendo rosca por ey?
—No, se trata de un gallo de cuidao. Venimos siguiendo al Rupa; ¿lo conoce?
—El Rupa..., el Rupa... ¿Será por casualidá uno grande, flaco, tirao a crespo?
—Ese mismo. ¿No ha venío por aquí?
—Tiempo atrás'tuvo con unos amigos, sargento.
—¡Ah! ¿Y no ha güelto?
—No. Creí que se había largao pa las minas. ¿Ha cometío alguna fechoría?
—¿Una? Una docena, diga mejor. Es roto malo sin güelta ése.
—Pa que vea. ¡Quién lo hubiera pensao, con la carit'e santo que se gastaba! La pura verdá que no hay que confiar en nadie, sargento.
Don Beño se ha ubicado estratégicamente entre el mostrador y la puerta que comunica con su habitación. Su asombro y sus palabras tienen una naturalidad absoluta. Habla fuerte para prevenir a su amigo. Pronuncia muchas veces la palabra "sargento", a fin de que el otro se dé cuenta... Está presente en el despacho, pero con el oído conectado hacia el cuarto vecino. Es éste un sentido independiente de los demás. Lo aprendió a usar en otros tiempos, cuando su vida dependía de un rumor. . .
—Güeno, on Beño, dejémonos de pamplinas. Un chiquillo me dijo ahí en l'esquina qu'el Rupa se había metío aquí. Tengo que registrarle la casa.
—¿Cómo dice? ¿Que v'a registrame mis cosas pa ver si el bandío ése se ha colao puaquí sin que yo lo haiga visto? ¿También es brujo el mentao Rupa?
—L'estoy hablando formal, mi amigo. Tengo que cumplir mi deber.
—¡Ta güeno, sargento! ¿Así es que se figura que yo lo tengo escondío?
—Yo no pienso ná. Me dijeron eso y... ¡qué vamos'hacerle !
—¡Bien no más! Registre entonces, pues sargento. Cuando l'autoridá manda, tiene uno que agachar la cabeza no más. Pero me duele, porque yo lo creía mi amigo a usté, sargento. Siempre lo hey atendío como púe. Llevo quince años aquí y nunca hey tenío ná que ver con la justicia. ¡Tengo bien limpiecita mi frente, gracias a Dios!
El sargento González encoge los hombros y hace una seña a su subordinado:
—Por aquí vamos a comenzar.
Señala con un gesto la puerta que hay a la espalda de don Beño y avanza. Instintivamente el bolichero echa una mirada al mostrador. Allí hay un cuchillo que durante quince años ha cortado perniles y arrollados. Pero ese cuchillo conoció tiempo atrás el sabor de la sangre humana. Puede que lo haya olvidado ya y necesite recordarlo ahora...
Toma el arma y la desliza rápidamente bajo sus ropas. El sargento, la carabina preparada, ha abierto la puerta de un solo golpe, y antes de penetrar, echa una mirada rápida hacia todos los ángulos. Don Beño contiene la respiración, Inconscientemente aprieta el mango del cuchillo. Un movimiento brusco del policía, y él entrará en acción. Pero no es necesario. El sargento escudriña por todas partes y no encuentra nada.
Sin volverse hacia don Beño, le interroga:
—¿Y esta otra puerta, a dónde da?
—Al patio, sargento.
De una hojeada, don Beño ha dominado todo el cuarto. El corazón se le descarga un poco. Ruperto ha tenido la suficiente presencia de ánimo para borrar todas sus huellas antes de huir. De pronto, su mano va de nuevo al cuchillo. En el borde de la cama hay una mancha de sangre. El sargento la divisa al mismo tiempo que él. Vuelve sus ojos hacia el dueño de casa: encuentra su cara inmutable.
—¿Y esta sangre on Beño?
Entonces las facciones del bolichero se revisten de una picardía infinita, y responde con voz insinuante y entera:
—¡Tan amigo'e meterse en vías ajenas que lo han de ver, sargento!...
Es tanta la impudicia, tan picante el tono y tanta la gracia con que don Beño ha pronunciado las palabras, que los dos carabineros rompen a reír al unísono.
El sargento González hace entonces un guiño de complicidad, palmotea el hombro del bolichero y le dice todavía riendo, al salir:
—¡Lo aniñao no se le v'a quitar nunca al viejo éste!
martes, 10 de junio de 2014
El Taita de la Oficina - Carlos Pezoa Véliz
¡Tanto tiempo!... El estaba guaina entonces, y tenía unos brazos como naide, una cartera bien colmaa pa los amigos y unos puños agarrotados, que eran lo mesmo qu'icir: "El que me la hace, la paga".
Le llamaban "El Guapo" por mal nombre; más tarde le decían el "¡Ves qué niño!". Después, el "Mala Cara", y hoy, "El taita de la oficina". El verdadero nombre suyo no lo recuerda, ni hace falta...
"Las había echado" al norte por unos cuantos meses no más: quería juntar unos cobrecitos, comprar un peazo e tierra "pa tener en qué caerse muerto", y llevar donde el cura de Nancagua a la morena colorá que palabrió en la trilla de don Bacho Reyes...
-Por unos cuantos meses no más.
Anduvo corto en el cálculo, porque hace ya cuarenta años que no ve a la morena colorá ni al rancho de Nancagua, donde vio transcurrir plácidamente los olvidados días de su infancia.
Las greñas de sus bigotes hirsutos parecen agriar su formidable mirada de barretero bravío cuando con los ojos amoratados se pone a recordar su perdida felicidad.
-¡Güen dar que hei sío desgraciao!
Cien veces ha tenío el dinero para volver al sur. Una vez fue el tacuaco Juan Mella que lo llevó a los "salones de niñas" en Taltal: remolieron una semana con arpa y guitarra, "se cayeron" los mil quinientos pesos de ahorro al cajón del burdel y se acabó too...
-La copa, patroncito: ésa es mi perdición de siempre...
Mire, una vez bajé en la expedición a Caracoles con don Pedro Díaz Gana, trayendo no menos que tres mil pesos en metales míos. Cuando me entriegaron los billetes en que los vendí, agarré una rasca que me duró pa un mes justo.
Me templé con la famosa "Huifa", apuñalié a un pirquinero y me arranqué pa Bolivia. Ahí estaba cuando empezaron las primeras diferencias sobre la cuestión del salitre.
Y así habían pasado cuarenta años para "El taita de la oficina". De Calama a Uyuni, de Uyuni a Chuquicamata, de Chuquicamata a Sierra Gorda, de Sierra Gorda a Caracoles, de Caracoles a Antofagasta, de Antofagasta a Taltal y de Taltal a Lautaro. Ahí estaba ahora como último trabajador de la oficina.
-Eso sí, por la maire, que me quea el consuelo de haber sío el numeruno entre los entallaos de Taltal...
Encantadonr a veces, solía hablar con cariño de esas salitreras qeu ya le conocían. Para él no había como eso de "tirar costras" y "morder polvo" a pampa rasa, "encalillao" con una barreta de dos metros o con la cuña en un trozo "metía hasta el contre".
Su chiste era feroz como una cuchillada, no faltándole jamás el donaire para sostener que en la vida no hay más que comer, dormir y "colgar".
El hambre era para él "una tonada en las taipas"; la mujer, una "chancadora de chauchas"; el amor, una "rasca sin vino"; la cerveza, el "Dominus Obisco"; el matrimonio, un "sermón de las tres horas"; el trago, "un compañero", y la vida, "una payasá"...
Conocía al dedillo todas las labores salitreras. Peregrino de un viaje sin posible término, había disparado un cachorro (Nota: se llama el pequeño disparo de pólvora con que se afloja el caliche) en Santa Luisa, se había hecho ripiar (Nota: Trabajador que se ocupa en sacar la tierra suelta que sobre en los cachuchos hirvientes, después de liquidado el salitre) en Ballena y había tomao junto con el patrón Daniel Oliva cuando en la oficina Atacama les toreaba los cobres de pago con damajuanas de chicha...
Le toleraban los patrones porque en cierto modo era el depositario de las tradiciones pampinas.
-¡Déjenlo a ese diablo!
"Ese diablo" era de los expedicionarios caracolinos, como que junto con Méndez y Porra recordaba haber dormido a plena pampa del litoral, echado muellemente sobre las espaldas y "abrigándose con la barriga".
"Ese diablo" era capaz de "volver loca una calichera", hasta extraerle de las salinosas entrañas "un mes de tomateras abajo", es decir, en las casas alegres del puerto más próximo a la oficina...
No recuerda haber tenido más amigos de duradera compañía que el reflexivo "Pituco", un pobrecillo choco de ojos tristes, concentrado en su amor a "El taita de la oficina", inseparable compañero de todas las penurias que él había pasado de desierto en desierto.
Todo se había quedao atrás. Peiro Carvajal, aquel toro de puños famosos, murió quemado en los cachuchos de la oficina Germania; Juan Garcés, en la cárcel; aquel pampino llegado del sur, marinero del 79, salteador años después... Pancho Molina, el "Cuchillo Taimado", también ya estaba muerto: lo asesinaron los indios de Pachacamata por enamorado...
Recuerda él los tiempos en que bajaba de la pampa con los amigos.
-¿Onde vay, hombre?
-Pa Taltal, pues.
Lo decía ruidosamente, con aquella facha del que lleva trescientos o más pesos "pa darse gusto..."
No era lo mismo cuando volvía al trabajo, "en la malla" ya: sin amigos ni dinero.
-¿De ónde venís ahora?
-De Taltal, hermanito...
La voz era triste, con aquella melancolía feroz del que ha perdido el esfuerzo de una vida, el producto de su brazo incansable, ofrecido en el más tremendo desafío a las vicisitudes del vivir.
Nunca ya sus ojos nostálgicos volverán a ver el rancho de "l'hacienda" o el arrabal de la aldea nativa. Sus hermanos habrán muerto ha muchos años; los hijos de ellos apenas si tendrán noticias de que hay un tío muy viejo, del cual sólo saben el carácter aventurero que lo condujo "al norte", para no volver más.
El día que se aburriera, no había más que sentarse en la boca del tiro y encender la mecha. El dinamitazo lo elevaría, seguramente, a la gloria de Dios Hijo y toolo demás.
¡"El taita de la oficina"! Es decir el más viejo de los trabajadores, el más corrido, el más espoliado, el más vicioso, el más pobre. El que reunía en sí aquellos atributos lamentables del pampino andariego, sin olvidar siquiera los más odiosos o los más conmovedores. El que ya había dado tres rebanás en el abdomen del amigo no amigo; el que había amamantado a esos niños de la aventura con "la leche del mineral" o con la sangre suya; el que había dejado una pierna en los cachuchos, un brazo en las maquinarias, una cuchillada en el campamento, una deuda en la administración, un hijo en la querida, un recuerdo en la fonda (Nota: cocinería principal del campamento). El que sabía hacer una buena cangalla (Nota: metal que los mineros sacan a escondidas), el que sabía soportar el hambre, el que desafiaba la puna, el que se reía de la suerte.
-¡El mañana! No frieguen, hombres... "Mañana será otro día" y no es pa que un hombre "de pelo en pecho" se eche a morir".
"El sur, patroncito; las trillas de Yaquil... Too lo tengo muy presente. Me parece tar en el fundo, cuando nos íbamos con el vaquero a ver las apartas. Ibamos por el camino de La Placilla, a la sombra de unas alamedas grandes qu'iban a rematar en la misma caja del Tinguiririca. Ahí en la orilla era onde vivía la Carmen Rosa, l'hija de don Bacho... Ahora ya se acabó too...
Y se perdía hablando solo, en dirección al campamento de la oficina. En la media luz de la plazoleta, se balanceaban lentamente sus grandes brazos, que eran como el despojo postrero de una talladura soberbia, ahora abatida por el cansancio de las espaldas.
lunes, 9 de junio de 2014
El preceptor Bizco - José Santos González Vera
EN LA ESCUELA fue donde conocí, por primera vez, el aspecto brutal de la vida.La escuela parroquial funcionaba en una feísima y vieja casa, compuesta de grandes salas yertas. El patio, aunque extenso, por estar encerrado entre altos muros, era más frío y extraño que las salas.
Además estaba como aplastado por la sombra de la iglesia contigua. La fisonomía de ese patio estará siempre fija en mi memoria.
De entonces sólo conservo recuerdos de imágenes. Tal vez nos enseñaban alguna cosa... Era el profesor un sujeto rubio, bizco, de
pequeña estatura, gélido completamente. Pisaba con la punta de sus pies y gritaba sin cesar. No sonreía ni por broma. ¡Qué excelente carcelero hubiera sido!
Apenas la campana sonaba, el torturador aparecía en el patio frotándose las manos. Nos formábamos apresuradamente y nos íbamos a la sala temblando por lo que podía suceder.
Le odiábamos con entusiasmo y ejercitábamos nuestros espíritus en desearle las más abominables desgracias; pero el bárbaro estaba siempre en pie, sonrosado, elástico, con una salud desafiante.
Reinaba en la sala silencio lúgubre... Nos mirábamos con mirada piadosa y después estáticos y con el corazón convulso, esperábamos el temido minuto.
El bizco se alisaba su cabellera roja y miraba con detenimiento.
Luego comenzaba a tomar la lección con la cabeza inclinada sobre su cuaderno de notas. Solía toser algo; pero nunca tanto como para que se le comprometiesen los pulmones.
Desventurado era el chiquillo que no había resuelto su tarea. El bizco sin poner mala cara, pero sin oír tampoco ninguna disculpa, le ordenaba colocarse frente al pizarrón, empezaba a modular todos los tonos del sollozo. Y nosotros nos sentíamos embargados por la más intolerable de las angustias.
Nuestro torturador abría su escritorio y buscaba. Revolvía los papeles con el abandono del que se encuentra solo; pero cuando hallaba al guante, en su rostro se proyectaba una sombra de agrado.
El penitente, mientras duraba la búsqueda, gemía con cierto método. Cuando el tono decrecía y parecía extinguirse, era seguro que en su alma crecía la esperanza de salvarse.
Desde nuestros bancos podíamos seguir con precisión absoluta los movimientos del profesor. Nuestra unidad psicológica era maravillosa. Si sus ademanes eran medidos, el gemido de la víctima oscilaba en la nota menor y el ritmo de nuestros corazones se normalizaba. Pero, si la mano se estiraba con vehemencia hasta el fondo del cajón, el gemido dilataba el pecho del colegial y ganaba espacio sin respeto a ninguna nota intermedia, y nosotros dejábamos de respirar.
Para el bizco era motivo de bochorno, después del precipitado adelantamiento de sus dedos, no dar con el instrumento. Es cierto que terminaba por imponerse, pero el titubeo le contrariaba.
No sé si por distracción o espíritu de farsa exclamaba en voz alta:
-En fin... el guante ha desaparecido.
Y quedaba pensativo.
El alumno imploraba a su vez:
-Señor.. Perdóneme... le juro que...
Regresaba el bizco de su abstracción dándose con la punta de los dedos en la frente:
-¡Ah... pero si ayer lo guardé en el otro cajón!
Cuando se acercaba con el guante, el discípulo chillaba, cerraba los ojos, se retorcía. Daba gritos que herían las entrañas. Ocultaba sus manos en la espalda, se hincaba, pedía perdón, se entregaba a todas las manifestaciones de la impotencia. Por desgracia, inútilmente. El bizco, inmutable y frío, le ordenaba presentar la mano abierta.
Y el guante se alzaba y golpeaba...
Los gritos vibraban en los vidrios, repercutían en los muros del patio y se iban muriendo por las calles desiertas.
viernes, 23 de mayo de 2014
Sensini, Roberto Bolaño
Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se había llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí se le moría su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se le había muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguía muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto.
No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí. Sensini, por descontado, tenía otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.
A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del D.F., antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería.
Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ligarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decía.
Recuerdo que pensé: qué extraña carta, recuerdo que releí algunas capítulos de Ugarte, por esos días aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecía mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hacía mucho habían quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo —de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librería, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego— y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releía por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando quería acción, novedad, leía sus cuentos. Éstos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva.
En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Écija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayoría de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podíamos participar y le escribí una carta.
Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayoría de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decía textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tenía tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos.
La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma), fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se hacía en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato Al amanecer, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su título era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una liza con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era ésa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria.
No me dediqué, como me sugería Sensini, a los concursos de cuentos, aunque sí participé en los últimos que entre él y yo habíamos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Écija, con un relato que originalmente se titulaba Los sables y que en Écija se llamó Dos espadas y en Don Benito El tajo más profundo. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no sólo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe.
Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Vivía en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso quería creer. Se llamaba Gregorio, tenía treintaicinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solían ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tenía cinco años. No añadía nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que había sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Samsa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se ponía alegre, Miranda era joven, tenía ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decía, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decía, sólo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor.
Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Vivía en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponía de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribía en el comedor, de noche, «cuando la señora y la nena ya están dormidas», y abusaba del tabaco. Sus ingresos provenían de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregía traducciones) y de los cuentos que salían a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayoría de las editoriales se hacían las olvidadizas o habían quebrado. El único que seguía produciendo dinero era ligarte, cuyos derechos tenía una editorial de Barcelona. Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se había visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija sólo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decía: no, por Dios, la nena estudiará medicina.
Una noche le escribí pidiéndole una foto de su familia. Sólo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que quería era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografía tomada seguramente en el Retiro en donde se veía a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. El viejo sonreía feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En ésta aparecía un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hacía parecer mayor.
Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las llevaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me había pedido que yo también les enviara una foto mía. No tenía ninguna reciente y decidí hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así que cada día iba postergando el envío de mi foto y cada día iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí una al azar, la metí en un sobre junto con una postal y se la envié. La respuesta tardó en llegar. En el ínterin recuerdo que escribí un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecían distintos pero que sólo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podía reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Samsa, en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano.
La respuesta fue larga y cordial. Decía que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les había gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no sólo pasarían a verme sino que se alojarían en mi casa. De paso me ofrecían la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decía Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decía nada. Tampoco hablaba de los concursos.
Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decía que temía que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tenía suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos.
Insistí en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y él tenían mi casa a su disposición, incluso durante unos días me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argüí que con el billete abierto de la Renfe en realidad sólo tendrían que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tenía cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los días felices que sin duda pasaríamos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podían moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se ponía a hablar de los premios (creo que se había ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertía eran en parte para mí y en parte un recordatorio que se hacía a sí mismo. El resto, como ya digo, era confuso. Al terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud.
Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habían encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, sólo me decía que tal día, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentía, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio.
Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda índole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leía no lo reseñó.
A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decía que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decía que volvía a la Argentina, que con la democracia ya nadie le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si quería saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no había más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí de inmediato, a la única dirección que tenía, pero no recibí respuesta.
Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini había vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribía él desde allí ya podía dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debía de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, sólo para respirar y parpadear. Volví a escribirle a la dirección que tenía de Madrid, con la esperanza de que le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así que desistí y dejé que pasaran los días y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metía tardes enteras en librerías de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocía de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerías sólo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial había hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí.
Uno o dos años después supe que había muerto. No sé en qué periódico leí la noticia. Tal vez no la leí en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leído en alguna parte la noticia de su muerte. Ésta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, había muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico.
Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debían de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocía en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habían pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tenían mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. El tipo se llamaba Sebastián Cohen y también había nacido en Argentina, pero desde muy joven vivía en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento sólo la había visto en foto, le contesté.
Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podían ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí que aquello iba a resultar difícil, si no imposible, así que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini.
Poco después sentí pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podía quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. Al principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el día en la ciudad, no le pregunté por qué habían llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabíamos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo le había ido en Argentina. Igual que aquí, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querían, dije yo. Igual que aquí, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y le ofrecí un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la miré ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, le dije, ¿por qué le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Samsa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponía, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires.
Se había marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso le habían conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini le escribía a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podía estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debía hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tenía fondos o no tenía ganas de que se hiciera la prueba y ésta se iba cada día retrasando un Poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribía, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada día, en cualquier condición. Sí, le dije, creo que así era. Después le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tenía mi dirección por la simple razón de que tenía todas las direcciones de su padre, pero que sólo en ese momento me había reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre había hablado bastante de mí. Noté que me miraba de otra manera. Debí importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, le encantaban tus cartas, siempre nos las leía a mi madre y a mí. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidísimas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo sólo le pasaba uno que otro dato. Sí, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento sólo uno, dije. Un accésit en Alcoy, por el que conocí a tu padre. ¿Sabes que Borges le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabía, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Lainez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.
martes, 20 de mayo de 2014
Fragmento de Sombras Contra el Muro*, Manuel Rojas
Aniceto no supo por qué este hombre vino a Chile, qué hizo en Francia, en Lyon, su ciudad natal; supo sí que en cierta ocasión, unos años atrás, cometió un robo: tal vez se cansó de ser obrero, de contemplar, en la imaginación, años y años de escaleras, de pinceles, tarros de pintura, de pintores que fallan todos los lunes -tampoco supo si siempre había sido pintor o contratista de pintura o si sólo tomó ese oficio en Chile-, decidió hacer algo que le proporcionara, más rápidamente, dinero en buena cantidad, no ese salario que recibía como obrero o la parte que le quedaba cuando era contratista; ¿qué podía hacer?, odiaba a los comerciantes y a los industriales, o sea, a los burgueses, y entonces llegó a la conclusión de que lo único que se puede hacer si se quiere ganar dinero sin trabajar, es robar, estafar, chantajear, pero debe ser un robo privado, secreto, que sea difícil de descubrir, con algo de misterio además, pues era individuo de cierto gusto y hubiese aborrecido ir a robar cebollas e incluso sombreros; eso estaba bueno para los palomillas, no para un anarquista, mucho más un anarquista francés: tenía que hacer honor a sus ideas y a su país, y pensó, buscó, observó, hasta caer en la cuenta de que debería robar un banco, era el sitio indicado, pero ¿cómo?, no tenía medios ni experiencia, compañeros ni conocidos -los que tenía, fuera de los obreros anarquistas o simplemente obreros, era toda gente decente, importante alguna, que lo estimaban por ser francés, un francés culto, cosa poco común en Chile, libros, filósofos, escritores, artistas, conocidos que de ningún modo le ayudarían en nada que no fuera honorable y entre esos conocidos había uno que otro que en verdad era amigo suyo, el ingeniero Godoy, por ejemplo, que en su juventud había sido simpatizante anarquista y a quien ayudó, en cierta ocasión, a cuidar a su mujer, víctima de una epidemia de viruela, arriesgó contagiarse y no le importó y Godoy quedó muy agradecido y se río mucho, no porque le hubiese ayudado sino porque en la penúltima noche, ya fuera de peligro su mujer, compró, para celebrar la mejoría, un pedazo de queso suizo o francés de muy buena familia, y como el francés dormía en un pequeño galpón y su sueño era pesado, las cucarachas le comieron los bigotes-; cambió de dirección y se le ocurrió robar en el museo, era lo más fácil, nadie queda allí de noche, sólo un loco irá allí a robar algo y ¿qué haría con ello?, los chilenos no tienen cultura, la mayoría por lo menos, y no saben qué valor puede tener un cuadro, un buen cuadro; él era francés y lo sabía; visitó el Palacio de Bellas Artes y buscó algo que fuese valioso y que se pudiera robar y vender, no en Chile, por supuesto, sí en la Argentina o en otro país, las obras de arte poseen eso de bueno: tienen el mismo valor en todas partes, no para todo el mundo, sí para los entendidos, y despues de mirar y remirar fijó su atención en un cuadro pequeño, sombrío, de marco dorado, que representaba una figura; la firma decía Velázquez y era auténtico, no una copia; durante semanas y semanas espió el movimiento del edificio, quién sale, quién entra, a qué hora se van, a qué hora llegan, con gran sorpresa descubrió un cuidador, pero el cuidador de seguro, descuidaría la vigilancia en ciertos días, los sábados, por ejemplo, o los domingos, que parecen menos peligrosos; examinó cada ventana y cada puerta, las entradas, había una bodega, una sala de refracciones, dos pisos; eligió su ventana, ésa, pequeña, fácil de manejar, de abrir, y con un formón y otras herramientas, entre ellas un pequeño diablito, , como la pequeña ventana estaba detrás de unos arbustos bastante crecidos, logró, en una hora de paciente trabajo, sacar casi por completo la ventana, no sólo abrirla, se descolgó y antes de cinco minutos salió con el cuadro envuelto ya en papeles: Velázquez. Lo llevó a su casa, una casa pobrísima en un barrio más pobre aún y no supo dónde meterlo, los hijos, pequeños aún, podían encontrarlo, ya que no existían muebles ni nada que tuviese cajones seguros, y hacer con el Velázquez quién sabe qué, mira este viejo con pera y bigote, ¿pintémosle unos anteojos?, ya, y una barba, ¿cómo le andaría?, rebien, o lo usarían para jugar al almacén o las visitas y el cuadro, que estaba avaluado en muchos miles de pesos, quedaría irreconocible e invendible. Los diarios publicaron grandes noticias del robo, era la primera vez que en el país se robaban una obra de arte, un ladrón original, hasta aquí sólo han robado gallinas y ahora, ¡dígame usted!, la ciudad subió de categoría, un ladrón de buen gusto, de seguro extranjero, tal vez el mismo que se robó o se quiso robar "La Gioconda", ¿qué hará ahora?, pudo robarse un Valenzuela Llanos, un Rebolledo, nada, se robó un Velázquez; la policía avisó a sus retenes de frontera y los gendarmes cordilleranos no supieron exactamente de qué se trataba y supusieron que el robado era un señor Velázquez o un hijo de él, ¿un cuadro?, las aduanas deben revisar los equipajes que salen por mar o por tierra, se avisó a la Argentina, a Perú, y René se sintió orgulloso: le quitó al cuadro su marco dorado, con un oro viejo y mate, y lo enrolló y no supo tampoco dón de guardarlo, enrollado era más susceptible, el barníz se saltaría o la tela se quebraría y el hombre de pera y bigote quedaría todo chueco, a pesar de ser un Velázquez; no podría venderlo ni sacarlo del país ni tenerlo en su casa ni llevarlo en el bolsillo o bajo el brazo, ¿qué hacer? Lo único que se podía hacer era destruirlo, pero era un hombre culto y pensó que no se podía hacer eso con una obra de arte, ¿cómo destruir, por gusto, algo que un artista creó con tanta maestría y buen gusto? No quiso preguntar a ninguno de sus conocidos, por ejemplo, al ingeniero, qué podría hacer con el robo, y no quedándole otro camino decidió devolverlo: lo envolvió en un papel Manila, le puso la dirección del Palacio y lo despachó por correo; perdió, en toda la operación, algún dinero y bastante tiempo, pero quedó satisfecho: era un robo casi elegante, de guantes blancos, así, ¿cómo podía mirar con simpatía el hecho de que sus camaradas robaran lo que habían robado? "¿Vamos donde René?", propuso una noche Alberto, después de beber unas copas de vino. Aniceto, más o menos alegre, contestó: "¡Vamos!", y en seguida se sorpredió de su entusiasmo, se arrepintió casi, y fueron: era un barrio sin pavimento, con hoyos y montones de basura, perros y gatos muertos, miserablemente iluminado, larga hilera de casitas de ladrillos con una pieza y un patio casi peor que la calle; los niños habían abierto trincheras y construido lagunas y amontonado una gran cantidad de ladrillos que se robaban en todas partes : tenían el proyecto de construir una pieza para estar solos, ya que sus padres peleaban a cada momento: "¡Rota mugrienta! Deberías estar orgullosa de haberte casado conmigo. Acuérdate que te saqué de un conventillo". "¿Y qué, pues? ¿Acaso vivo en un palacio?" "¡Eres una imbécil! No entiendes nada ni sabes nada." "Lo más bien que te has dado gusto conmigo: cuatro chiquillos me has hecho y sigues haciéndole empeño." Los hijos no sabían bien de qué se trataba, pero los gritos y los gestos los impelían hacia el patio, en donde peleaban ellos. Al llegar a la calleja, más entusiasmados porque venían cantando un himno revolucionario, Alberto disparó dos tiros al aire, ladraron los perros, se cerraron o se abrieron algunas puertas y un niño pequeño y flaco, según lo vieron después, abrió la puerta de la casa de René y miró: no vio más que un bulto de hombres que avanzaban saltando por los baches y gritó: "¡Papi! ¡Unos guaraqueros nos vienen a asaltar!" El padre, que no tenía su Colt, no se inmutó: nadie vendría a asaltar su casa, no existía allí nada que robar, ¿quién le iba a robar un hijo o la mujer? Era baja, morena, siempre con la cabeza revuelta, mal vestida, viva y sucia. Era raro, muy raro, ver a este hombre, francés y culto, estar casado o tener una mujer semejante, pero, al parecer, a pesar de ser francés, la quería: una buena hembra, trabajadora, fiel, y si andaba mal vestida, si hablaba como la más procaz de las chilenas, no se la podía culpar de que hubiese elegido todo eso; simplemente, le había tocado, como le tocó ese marido, y no podía sino resignarse. René debería haber pensado en todo eso, ya que era un hombre culto, pero tenía muchas otras cosas en que pensar: en su pistola, en lo que podía hacer con ella, en lo que haría, en lo que pudo hacer y con eso y con trabajar para alimentar a todos, tenía más que suficiente. Aniceto se asombró de la sordidez de la casa y del ambiente, del aspecto de la mujer y de los niños: andaban semidesnudos, sucios, desaliñados, y el que anunció que venían asaltantes era una especie de lombriz vestida con una camisa y un pantalón sujeto al hombro por una tira de género. Lucía una cara fina, casi aguzada, como de ratón, ojillos vivaces, y los amigos rieron al entrar y saber que había gritado que venían bandidos, ¿qué podían robarle a él, quién se fijaría en él?, era una pulga, un gato de suburbio; los observaba: el hecho de que dispararan un revólver les daba, a los ojos del pequeño, un gran prestigio, ¿cuál de esos hombres había sido?, examinaba a uno y otro y preguntó: "Papá, ¿quién tiró ese balazo?" René señaló a Alberto: "Este hombre, Manuelito, nunca te metas con él". Eran tres varones y una mujer, el mayor, alto, proporcionado, ostentaba una gran diferencia de rasgos; era casi hermoso, con el pelo dorado y rizado, cabeza redonda, piel blanca; parecía estar sumido en un sueño, sin oír lo que se decía y sin importarle quiénes estuviesen allí. Se llamaba también René, pero le decían Totó, apodo extraordinario en Chile para un varón y en una casa así, pero su padre era francés y él había heredado todo lo que de galo podía tener su padre. Al lado del pequeño, que era como el receptor de todo lo chileno que podía tener la madre, Totó parecía una imagen. No había allí nada que beber, nada que servir, un café o un vaso de vino, era tarde y los niños estaban con sueño: todos dormían en la misma pieza. A los amigos se les había ya desvanecido el vino y, por otra parte, no daban muchos deseos de estar allí. Era preferible la calle. Además, sin su pistola, René casi no tenía de qué hablar, salvo del tiempo o de la salud de los demás y suya; había olvidado a los escritores franceses: sólo pensaba en su Colt. Llegaría el momento en que empobrecería más, en que se desvanecería el hogar, y la pistola, sin poderla rescatar, se perdería, tal como su juventud y su edad madura, y no podría ya hacer otra cosa que detenerse en las vitrinas de las armerías y mirar las armas, en tanto El Chambeco, por otros lados, seguiría mirando las vitrinas de los restaurantes. Ninguno de los dos habría hecho nada, no pudieron, no fueron capaces, querían tenerlo todo para hacer algo, oh, no. ¿Y a cuántos les pasaría lo mismo? El tiempo fluye, viene de todas partes y pasa hacia todas partes; la ventolera es grande.
*: Tercer libro de la tetralogía de Aniceto Hevia; copiado de Letras5s.
*: Tercer libro de la tetralogía de Aniceto Hevia; copiado de Letras5s.
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