Amalfitano recordaba a veces, después de salir de la Universidad de Santa Teresa o sentado en el porche de su casa o mientras leía los trabajos de sus alumnos, a su padre, que era aficionado al boxeo. El padre de Amalfitano opinaba que todos los chilenos eran unos maricones. Amalfitano, que tenía diez años, le decía: pero, papá, más bien los italianos son los maricones, fíjese si no en la Segunda Guerra Mundial. El padre de Amalfitano miraba muy serio a su hijo cuando éste decía tales palabras. Su padre, el abuelo de Amalfitano, había nacido en Nápoles. Y él mismo siempre se sintió más italiano que chileno. De todas maneras le gustaba hablar de boxeo, o mejor dicho, le gustaba hablar de combates de los que sólo había leído las crónicas de rigor que aparecían en las revistas especializadas o en las páginas deportivas. De esta manera podía hablar de los hermanos Loayza, Mario y Rubén, sobrinos del Tani, y de Godfrey Stevens, un maricón señorial y sin pegada, y de Humberto Loayza, sobrino también del Tani, de buena pegada pero poco encajador, de Arturo Godoy, marrullero y mártir, de Luis Vicentini, italiano de Chillán y hombre de buena planta pero al que lo perdió su triste destino de nacer en Chile, y de Estanislao Loayza, el Tani, al que le robaron el cetro mundial en los Estados Unidos de la forma más tonta, cuando el árbitro, en el primer round, le pisó un pie y al Tani se le fracturó un tobillo. ¿Te lo puedes imaginar?, decía el padre de Amalfitano. No me lo puedo imaginar, decía Amalfitano. Vamos a ver, ponte a hacer sombra a mi alrededor y yo te pisaré el pie, decía el padre de Amalfitano. Mejor no, decía Amalfitano. Hazlo con confianza, hombre, no te va a pasar nada, decía el padre de Amalfitano. Otro día, decía Amalfitano. Tiene que ser ahora mismo, decía su padre. Entonces Amalfitano se ponía a hacer sombra y a moverse con una agilidad sorprendente alrededor de su padre, lanzando de vez en cuando rectos con la izquierda y ganchos con la derecha, y de pronto su padre se adelantaba un poco y le pisaba el pie y ahí se acababa todo, Amalfitano se quedaba quieto o buscaba el clinch o se zafaba, pero en modo alguno se fracturaba el tobillo. Yo creo que el árbitro lo hizo a propósito, decía el padre de Amalfitano. No es posible joderle el tobillo a nadie con un pisotón. Después venían las invectivas: los boxeadores chilenos son todos unos maricones, los habitantes de este país de mierda son todos unos maricones, todos sin excepción, dispuestos a dejarse engañar, dispuestos a dejarse comprar, dispuestos a bajarse los pantalones cuando uno sólo les ha pedido que se quiten el reloj. A lo que Amalfitano, que a los diez años no leía revistas deportivas sino de historia, sobre todo de historia bélica, respondía que ese puesto más bien lo tenían reservado los italianos y que a la Segunda Guerra Mundial se remitía. Su padre entonces se quedaba en silencio, mirando al hijo con franca admiración y orgullo, como preguntándose de dónde demonios había salido ese niño, y luego seguía en silencio durante otro rato y luego le decía en voz baja, como si le contara un secreto, que los italianos individualmente eran valientes. Y admitía que en masa sólo hacían el payaso. Y resumía que eso, precisamente, era lo que aún daba esperanzas.
lunes, 2 de octubre de 2017
miércoles, 21 de junio de 2017
Teófilo Cid - Estaba sentenciado
Estaba sentenciado
Nada en ello había muerto pero nada vivo
crecía con el musgo de las ruinas
Un cielo helénico
De junco o de golpe de malva
vertía su silencio entre los dos
El mundo cabía como un timbre
en la oreja redonda hecha al beso
Y no al convulso latir de espadas
Que nos iba inundando con sus filos
La realidad es algo que existe decíamos
como el rabo para el can endomingado
Que vierte sus ladridos en la huella de los coches
Pero estaba sentenciado
no se puede jugar con nafta sobre el fuego
ni beber de botellas que no acaban nunca
La nafta y el fuego
El vino y el fuego
Todo hierve junto a ti vertiéndose en redomas de albedrío
Bebe en sus redomas el infame desconsuelo
aplica tu sentencia oh jurado invisible
Nada en ello había muerto pero nada vivo
crecía con el musgo de las ruinas
Un cielo helénico
De junco o de golpe de malva
vertía su silencio entre los dos
El mundo cabía como un timbre
en la oreja redonda hecha al beso
Y no al convulso latir de espadas
Que nos iba inundando con sus filos
La realidad es algo que existe decíamos
como el rabo para el can endomingado
Que vierte sus ladridos en la huella de los coches
Pero estaba sentenciado
no se puede jugar con nafta sobre el fuego
ni beber de botellas que no acaban nunca
La nafta y el fuego
El vino y el fuego
Todo hierve junto a ti vertiéndose en redomas de albedrío
Bebe en sus redomas el infame desconsuelo
aplica tu sentencia oh jurado invisible
miércoles, 24 de mayo de 2017
Manuel Rojas - Canción de Otoño
I
Bajo este sol de otoño, amarillo y sereno,
he sentido unos dulces deseos de ser bueno.
Deseos de ser otro más humilde, más grave;
ansias de reencarnarme. Y de ser como el suave
sándalo que perfuma el filo de las hachas
que convierten su tronco en tiras y en hilachas.
¿Por qué será? No sé. Pero siempre bendigo
la caricia bendita de este solcito amigo
que ha vertido en mi alma -enferma y dolorida-
un chorro perfumado con ansias y con vida...
Y por un caminito, lentamente, sereno,
con la serenidad dentro del corazón,
me he ido caminando, sintiéndome más bueno,
bajo el beso tan tibio y tan suave del sol.
II
Ansias de reencarnarme. De ser un campesino
humilde como un grano de trigo o de centeno
y en la paz de la tarde, sentado en el camino,
sentirse más de uno porque se es más bueno.
Deseos de ser otro. De ser algún pastor,
manso, tranquilo y fuerte. Y guiando el ganado,
ir tocando en las flautas pastorales de amor
y haciendo un ramillete con las flores del prado.
Y de ser como el agua. Y de ser como el viento.
O de ser una flor. O bien ser una fuente
y en un parque sombrío ir, momento a momento,
muriendo en el murmullo del chorro transparente.
III
¡He sentido unas ansias de ser otro conmigo
y ser otro con todos! Y de ser más sereno.
¿Qué quereis? Es tan tibio este solcito amigo.
Y esta tarde tan triste. Y este otoño tan bueno.
jueves, 11 de mayo de 2017
Manuel Rojas - Fragmento de La Oscura Vida Radiante
"Más que dolidos, están tristes y asombrados, asombrados aunque preveían algo, no lo que les acababan de hacer sino otra cosa, no saben qué, pero otra cosa, no esto, que les duele más que nada, no por el dinero que no han cobrado, que tampoco era mucho, sino porque el acto ha convertido al director y primer actor en un extraño, no al arte, que no tiene nada que hacer aquí, más bien al teatro y a ellos; porque aunque los actores tienen, como lo tienen todos los que cultivan una actividad que pretende ser artística y que puede llegar a serlo, la música, la pintura, la escultura y la literatura y otras, un alto y a veces desmesurado conecpto de sí mismos, una autoadmiración, casi indispensable para decidirse a lanzarse por el inseguro camino, hay, entre los actores, un compañerismo social que no existe en aquellas otras actividades, que tampoco lo necesitan: el teatro es un arte colectivo y en una compañía la suerte de uno parece la suerte de todos y si ganan ganarán todos, cada uno dentro de su categoría o especialidad, y cada uno ganará lo suyo, no lo de los demás. El teatro es una aventura, por lo menos en Chile, y los que van a una gira son, en ese sentido, aventureros: inician una aventura propia al mismo tiempo que una aventura nacional, se desarrollan ellos y desarrollan el país, porque son los individuos que hacen lo que no hacen los demás los que crean un país, y si entre ellos, entre los componentes de una compañía de teatro, no hay respeto por los intereses de sus compañeros, por pequeños que puedan ser esos intereses, si no hay compañerismo ni honradez en el reparto de los frutos de la aventura, ya que cada aventura tiene frutos, querrá decir que no se trata de una aventura sino de una correría de mercenarios dirigidos por un condotiero, y no quieren ser mercenarios, por más que cobren un sueldo quieren ser artistas que van dirigidos por otro artista ¿Tal vez es eso? ¡O tal vez es otra cosa? Quién sabe".
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