lunes, 14 de diciembre de 2015

Romance - Rubén Darío

Era una tarde de Enero;
el sol casi se ocultaba,
y las brisas dulcemente
gemían entre las ramas...

Murmuraban los arroyos
y sus mil ondas de plata
parecía que reían…
¡Parecía que lloraban!...

Yo estaba junto a una fuente
viendo sus espumas blancas
y oyendo cómo los cantos
del jilguero en la enramada
se iban, confusos y tristes
del céfiro entre las alas;
y estuve así comtemplando
que no es mi desdicha tanta,
pues que poseo una musa,
una inspiración y un arpa.

Esta musa, tú eres niña,
de mejillas sonrosadas,
de ojos bellos que enamoran
y que inspiran y que encantan.

Esa inspiración es fuego
de tu amorosa mirada,
y el arpa es un don que le hizo
Naturaleza a mi alma.

Con esa arpa, ¡prenda mía!
yo te cantaré baladas
dulces cuál los blancos ecos
de la brisa entre las palmas...

Y te dormirás tranquila
en las fibras de tu hamaca
mientras te canto yo trovas
con las cuerdas de mi arpa.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Otro cuento ruso - Roberto Bolaño

En cierta ocasión, después de discutir con un amigo acerca de la identidad peregrina del arte, Amalfitano le refirió una historia que a él le contaron en Barcelona. La historia versaba sobre un sorche de la División Azul española que combatió en la Segunda Guerra Mundial, en el frente ruso, más concretamente en el Grupo de Ejércitos Norte, en una zona cercana a Novgorod.

El sorche era un sevillano bajito, delgado como un palillo y de ojos azules que por esas cosas de la vida (no era un Dionisio Ridruejo ni siquiera un Tomás Salvador, y cuando había que saludar a la romana saludaba, pero tampoco era propiamente un fascista o un falangista) fue a parar a Rusia. Allí, sin que sepa quién empezó, alguien le dijo sorche ven para acá o sorche haz esto o lo otro y al sevillano se le quedó en la cabeza la palabra sorche, pero en la parte oscura de la cabeza, y en ese lugar tan grande y desolador con el paso del tiempo y los sustos diarios se transformó en la palabra chantre. No sé cómo ocurrió, supongamos que se activó un mecanismo infantil, un recuerdo feliz que esperaba su oportunidad para volver.

De modo que el andaluz pensaba sobre sí mismo en los términos y obligaciones de un chantre aunque conscientemente no tenía idea del significado de esta palabra que designa al encargado del coro en algunas catedrales. Pero de alguna manera, y esto es lo notable, a fuerza de pensarse chantre se convirtió en chantre. Durante la terrible navidad del 41 se hizo cargo del coro que cantaba villancicos mientras los rusos machacaban a los del Regimiento 250. En su memoria estos días están llenos de ruido (ruidos secos, constantes) y de una alegría subterránea y un poco fuera de foco. Cantaban, pero era como si las voces llegaran después o incluso antes, y los labios, las gargantas, los ojos de los cantores muchas veces se deslizaban por una suerte de fisura de silencio, en un viaje brevísimo pero igualmente extraño.

Por lo demás, el sevillano se comportó como un valiente, con resignación, aunque el humor se le fue agriando con el paso del tiempo.

No tardó en probar su cuota de sangre. Una tarde, como al descuido, lo hirieron y durante dos semanas permaneció internado en el Hospital Militar de Riga al cuidado de robustas y sonrientes enfermeras del Reich incrédulas ante el color de sus ojos y de algunas feísimas enfermeras españolas voluntarias, probablemente hermanas, cuñadas o primas lejanas de José Antonio.

Cuando lo dieron de alta sucedió algo que para el sevillano tendría graves consecuencias: en vez de recibir un billete con el destino correcto le dieron uno que lo llevó a los cuarteles de un batallón de las SS destacado a unos trescientos kilómetros de su regimiento. Allí, rodeado de alemanes, austríacos, letones, lituanos, daneses, noruegos y suecos, todos mucho más altos y fuertes que él, intentó deshacer el equívoco utilizando un alemán rudimentario, pero los SS le dieron largas y mientras se aclaraba el asunto lo pusieron con una escoba a barrer el cuartel y con un cubo de agua y un estropajo a fregar la oblonga y enorme instalación de madera en donde retenían, interrogaban y torturaban a toda clase de prisioneros.

Sin resignarse del todo, pero cumpliendo con su nueva tarea a conciencia, el sevillano vio pasar el tiempo desde su nuevo cuartel, comiendo mucho mejor que antes y sin exponerse a nuevos peligros, ya que el batallón de las SS estaba destinado en la retaguardia, en lucha contra aquellos a quienes llamaban bandidos. Entonces, en el lado oscuro de su cabeza volvió a hacerse legible la palabra sorche. Soy un sorche, se dijo, un recluta bisoño y debo aceptar mi destino. La palabra chantre, poco a poco, desapareció, aunque algunas tardes, bajo un cielo sin límites que lo llenaba de nostalgias sevillanas, resonaba aún por allí, perdida quién sabe dónde. Una vez escuchó cantar a unos soldados alemanes y la recordó, otra vez escuchó cantar a un niño detrás de unas matas y la volvió a recordar, esta vez de forma más precisa, pero cuando dio la vuelta a los arbustos el niño ya no estaba.

Un buen día ocurrió lo que tenía que ocurrir. El cuartel del batallón de las SS fue asaltado y tomado por un regimiento de caballería ruso, según unos, por un grupo de partisanos, según otros. El combate fue corto y se decantó en seguida en contra de los alemanes. Al cabo de una hora los rusos encontraron al sevillano escondido en el edificio oblongo, vestido con el uniforme de auxiliar de las SS y rodeado de las no tan pretéritas infamias allí cometidas. Como quien dice, con las manos en la masa. No tardó en ser atado a una de las sillas que los SS usaban en los interrogatorios, una de esas sillas con correas en las patas y en los reposos y a todo lo que los rusos preguntaban él respondía en español que no entendía y que allí sólo era un mandado. También intentó decirlo en alemán, pero en este idioma apenas conocía cuatro palabras y los rusos ninguna. Éstos, tras una rápida sesión de bofetadas y patadas, fueron a buscar a uno que sabía alemán y que se dedicaba a interrogar prisioneros en otra de las celdas del edificio oblongo. Antes de que regresaran el sevillano escuchó disparos, supo que estaban matando a algunos de los SS y perdió las esperanzas de salir bien librado que aún tenía; no obstante, cuando los disparos cesaron volvió a aferrarse a la vida con todo su ser. El que sabía alemán le preguntó qué hacía allí, cuál era su función y su grado. El sevillano, en alemán, intentó explicarlo, pero en vano. Los rusos entonces le abrieron la boca y con unas tenazas que los alemanes destinaban para otras partes de la anatomía empezaron a tirar y a apretar su lengua. El dolor que sintió lo hizo lagrimear y dijo, o más bien gritó, la palabra coño. Con las tenazas dentro de la boca el exabrupto español se transformó y salió al espacio convertido en la ululante palabra kunst.

El ruso que sabía alemán lo miró extrañado. El sevillano gritaba kunst, kunst, y lloraba de dolor. La palabra kunst, en alemán, quiere decir arte y el soldado bilingüe así lo entendió y dijo que aquel hijo de puta era un artista o algo parecido. Los que torturaban al sevillano retiraron la tenaza con un trocito de lengua y esperaron, momentáneamente hipnotizados por el descubrimiento. La palabra arte. Lo que amansa a las fieras. Y así, como fieras amansadas, los rusos se dieron un respiro y esperaron alguna señal mientras el sorche sangraba por la boca y tragaba su sangre mezclada con grandes dosis de saliva y se ahogaba. La palabra coño, metamorfoseada en la palabra arte, le había salvado la vida. Cuando salió del edificio oblongo el sol estaba ocultándose pero le hirió los ojos como si hubiera sido mediodía.

Se lo llevaron con el resto escaso de prisioneros y poco después otro ruso que sabía español pudo escuchar su historia y el sevillano fue a parar a un campo de prisioneros en Siberia mientras sus accidentales compañeros de iniquidades eran pasados por las armas. En Siberia estuvo hasta bien entrada la década del cincuenta. En 1957 se instaló en Barcelona. A veces abría la boca y contaba sus batallitas con muy buen humor. Otras abría la boca y mostraba a quien quisiera verlo el trozo de lengua que le faltaba. Apenas era perceptible. El sevillano, cuando se lo decían, explicaba que la lengua con los años le había crecido. Amalfitano no lo conoció personalmente, pero cuando le contaron la historia el sevillano todavía vivía en una portería de Barcelona.

viernes, 29 de mayo de 2015

Más allá de la vida y de la muerte - César Vallejo

Jarales estadizo de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mundo grano que en él gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival. Espera. No ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!

Por allí mi caballo avanzaba. A los once años de ausencia, acercábame por fin ese día a Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más entero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas riendas asidas, por las orejas atentas de cuadrúpedo y volviendo por el golpeteo de los cascos que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso escarceo tanteador de la ruta y lo desconocido, lloraba por mi madre que muerta dos años antes, ya no habría de aguardar ahora el retorno del hijo descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el color de cosechas de la tarde de limón, y también alguna masada que por aquí reconocía mi alma, todo comenzaba a agitarme en nostálgicos éxtasis filiales, y casi podían ajárseme los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí, siempre lácteo, hasta más allá de la muerte.

Con ella había pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No fue conmigo que ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi padre, ¡cuántos años haría de ello! Ufff… También fue en julio, cerca de la fiesta de Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El camino real. De repente mi padre que acababa de esquivar un choque con repentino maguey de un meandro:

—Señora… ¡Cuidado!…

Y mi pobre madre ya no tuvo tiempo, y fue lanzada ¡ay del arzón de las piedras del sendero. Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no me decían qué le había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella estaba ya alegre y reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo tampoco lloraba ya por mi madre.

Pero ahora lloraba más recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería más y me hacía más cariño y también me daba más bizcochos de bajo de sus almohadones y del cajón del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago, donde ya sólo la hallaría muerta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio.

Mi madre había fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su muerte recibíla en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían emprendido viaje a una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de atenuar en lo posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en remontísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago pasaría yo hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de selvas ardientes y desconocidas.

Mi animal resopló de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero vientecillo, cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en su escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya horizontal. Y todavía, hacia el lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se veía el panteón retallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; ; y yo ya no podía más, y atroz congoja arrecióme sin consuelo.

A la aldea llegué con la noche. Doblé la última esquina, y, al entrar a la calle en que estaba mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de la puerta. Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi alma, me dio miedo. También sería por la paz casi inerte con que, engomada por la media fuerza de la penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del muro. Particular revuelo de nervios secó mis lagrimales. Avancé. Saltó del poyo mi hermano mayor, Angel, y recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días hacía que había venido de la hacienda por causa de negocios.

Aquella noche, luego de una mesa frugal, hicimos vela hasta el alba. Visité las habitaciones, corredores y cuadras de la casa; y Angel, aún cuando hacía visibles esfuerzos para desviar este afán mío por recorrer el amado y viejo caserón, parecía también gustar de semejante suplicio de quien va por los dominios alucinantes del pasado más mero de la vida.

Por sus pocos días de tránsito en Santiago, Angel habitaba ahora solo en casa, donde, según él, todo yacía tal como quedara a la muerte de mamá. Referíame también como fueron los días de salud que precedieron a la mortal dolencia, y cómo su agonía. ¡Cuantas veces entonces el abrazo fraterno y escarbó nuestras entrañas y removió nuevas gotas de ternura congelada y de lloro!

—¡Ah, esta despensa, donde le pedían pan a mamá, lloriqueando de engaños!— Y abrí una pequeña puerta de sencillos paneles desvencijados.

Como en todas las rústicas construcciones de la sierra peruana, en las que a cada puerta únese casi siempre un poyo, cabe el umbral de la que acababa yo de franquear, hallábase recostado uno, el mismo inmemorial de mi niñez, sin duda, rellenado y enlucido incontables veces. Abierta la humilde portezuela, en él nos sentamos, y allí también pusimos la linterna ojitriste que portábamos. La lumbre de ésta fue a golpear de lleno el rostro de Angel, que extenuábase de momento en momento, conforme transcurría la noche y reverdecíamos más la herida, hasta parecerme a veces casi transparente. Al advertirle así en tal instante, le acaricié y cubrí de ósculos sus barbadas y severas mejillas que volvieron a empaparse de lágrimas.

Una centella, de esas que vienen de lejos, ya sin trueno, en época de verano en la sierra, le vació las entrañas a la noche. Volví restregándome los párpados a Angel. Y ni él ni la linterna, ni el poyo, ni nada 4estaba allí. Tampoco oí ya nada. Sentíme como en una tumba…

Después volvñía ver a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a Angel el semblanrte como refrescado, apacible y quizás me equivocaba —diríase restablecido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era un error de visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera concebir.

—Me parece verla todavía —continué sollozando— no sabiendo la pobrecita qué hacer para la dádiva y arguyéndome: —¡Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras cuando estás riendo a escondidas! ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes, como yo era el último también!

Al término de la velada de dolor, Angel parecióme de nuevo muy quebrantado, y, como antes de la centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo sufrido una desviación de la vista, motivada por el golpetazo de luz del meteoro, al encontrar antes en su fisonomía un alivio y una lozanía que, naturalmente, no podía haber ocurrido.

Aún no asomaba la aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la hacienda, despidiéndome de Angel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos que habían motivado su arribo a Santiago.

Finada la primera jornada del camino, acontecióme algo inaudito. En la posada hallábame reclinado en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de pronto mirándome asustada, preguntóme lastimera:

—¿Qué le ha pasado, señor, en la cara? ¡Parece que la tiene usted ensangrentada, Dios mío!…

Salté del asiento. Y al espejo advertíme en efecto el rostro encharcado de pequeñas manchas de sangre reseca. Tuve un fuerte escalofrío, y quise correr de mí mismo. ¿Sangre? ¿De dónde? Yo había juntado el rostro al de Angel que lloraba… Pero… No. No ¿De dónde era esa sangre? Comprenderáse el terror y la alarma que anudaron en mi pecho mil presentimientos. Nada es comparable con aquella sacudida de mi corazón. No habrán palabras tampoco para expresarla ahora ni nunca. Y hoy mismo, en el cuarto solitario donde escribo está la sangre añeja aquella y mi cara en ella untada y la vieja del tambo y la jornada y mi hermano que llora y a quien no besó mi madre muerta y…

… Al trazar las líneas anteriores he huido disparado a mi balcón, jadeante y sudando frío. Tal es de espantoso y apabullante el recuerdo de esa escarlata misteriosa…

¡Oh noche de pesadilla en esa inolvidable choza, en que la imagen de mi madre muerta alternó, entre forcejeos de extraños hilos, sin punta, que se rompían luego de sólo ser vistos, con la de Angel, que lloraba rubíes vivos, por siempre jamás!

Seguí ruta. Y por fin, tras una semana de trote por la cordillera y por tierras calientes de montañas, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y solanas fugaces.

Desmonté junto al bramadero del portón de la casa que da al camino. Algunos perros ladraron en la calma apacible y triste de la fuliginosa montaña. ¡Después de cuanto tiempo tornaba yo ahora a esa mansión solitaria, enclavada en las quiebras más profundas de las selvas!

Una voz que llamaba y contenía desde adentro a los mastines, entre el alerta gárrulo de las aves domésticas alborotadas pareció ser olfateada extrañamentepor el fatigado y tembloroso solípedo que estornudó repetidas veces, enristró casi horizontalmente las orejas hacia delante, y, encabritándose, probó a quitarme los frenos dela mano en son de escape. La enorme portada estaba cerrada. Diríase que toquéla de manera casi maquinal. Luego aquella misma voz siguió vibrando muros adentro, y llegó un instante en que, al desplegarse, con medroso restallido, las gigantescas hojas del portón, ese timbre bucal vino a pararse en mis propios veintiséis años totales y me dejó de punta a la Eternidad. Las puertas hiciéronse a ambos lados.

¡Meditad brevemente sobre suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y de la muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y de tiempo; nebulosa que hace llorar de inarmónicas armonías incognosibles!

¡Mi madre apareció a recibirme!

—Hijo mío —exclamó estupefacta—. ¿Tú vivo? ¿Has resucitado? ¿Qué es lo que veo, Señor de los Cielos?

¡Mi madre! ¡Mi madre en alma y cuerpo. Viva! Y con tanta vida, que hoy pienso que sentí ante su presencia entonces, asomar por las ventanillas de mi nariz, de súbito, , dos desolados granizos de decrepitud que luego fueron a caer y pesar en mi corazón hasta curvarme senilmente, como si, a fuerza de un fantástico trueque de destino, acabase mi madre de nacer y yo viniese , en cambio desde tiempos tan viejos, que me daban una emoción paternal respecto de ella.

Sí. Mi madre estaba allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era posible? No. No era posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía serlo. Y luego ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?

—¡Hijo de mi alma! —rompió a llorar mi madre y corrió a estrecharme contra su seno, con ese frenesí y ese llanto de dicha con que siempre me amparó en todas mis llegadas y mis despedidas.

Yo habíame puesto como piedra. La vi echarme sus brazos adorados al cuello, besarme ávidamente y como queriendo devorarme y sollozar sus mimos y sus caricias que ya nunca volverán a llover en mis entrañas. Tomóme luego bruscamente el impasible rostro a dos manos, miróme así, cara a cara, acabándome de preguntas. Yo, después de algunos segundos, me puse también a llorar, pero sin cambiar de expresión ni de actitud: mis lágrimas parecían agua pura que vertían dos pupilas de estatua.

Por fin enfoqué todas las dispersadas luces de mi espíritu. Retiréme algunos pasos atrás. E hice entonces comparecer ¡oh, Dios mío! a esa maternidad a la que no quería rtecibir mi corazón y la desconocía y le tenía miedo; las hice comparecer ante no sé qué cuando sacratísimo, desconocido para mí hasta ese momento, y di un grito mudo y de dos filos en toda su presencia, con el mismo compás del martillo que se acerca y aleja del yunque, con que lanza el hijo su primer quejido, al ser arrancado del vientre de la madre, y con el que parece indicarle que ahí va vivo por el mundo y darle al mismo tiempo, una guía y una señal para reconocerse entrambos por los siglos de los siglos. Y gemí fuera de mí mismo:

—¡Nunca! ¡Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…

Ella incorporóse espantada ante mis palabras y como dudando de si yo era yo. Volvió a estrecharme entre sus brazos, y ambos seguimos llorando llanto que jamás lloró ni llorará ser vivo alguno.

—Sí— le repetía. — Mi madre murió ya. Mi hermano Angel también lo sabe.

Y aquí las manchas de sangre que advirtiera en mi rostro, pasaron por mi mente como signos de otro mundo.

—¡Pero hijo de mi corazón! —susurraba casi sin fuerza ella. — ¿Tú eres mi hijo muerto y al que yo misma vi en su ataúd? Sí. ¡Eres tú mismo! ¡Creo en Dios! ¡Ven a mis brazos! Pero ¿qué?… ¿No ves que soy tu madre? ¡Mírame! ¡Mírame! ¡Pálpame, hijo mío! ¿Acaso no lo crees?

Contempléla otra vez. Palpé su adorable cabecita encanecida. Y nada. Yo no creía nada.

—Sí, te veo —le respondí— te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto imposible.

¡Y me reí con todas mis fuerzas!

martes, 19 de mayo de 2015

Los dos reyes y los dos laberintos - Jorge Luis Borges

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso." Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

lunes, 11 de mayo de 2015

Virutas de poesía

Con estos apéndices casi congelados,
aprovecho el escozor,
en virtud de pómulos cambiantes
al mínimo y máximo reactivo,
desde tecnologías hasta gestos,
o desde ella, la sensación categórica y errática de De Rokha,
hasta la fatalidad de Vallejo y el deseo de amar (la vida) de Rojas,
y aquestos, nuestros teóricos -algunos más que otros prácticos-,
os despliego estas virutas...
                                             pequeñas e inmensas a la vez.

Pequeñas tomando en cuenta su escasa virtud,
inmensas al pensar en nuestra vastedad rellenada
apenas vertidos los códigos.

Inmensas por ser amplio su alcance.
Pequeñas por la imposibilidad presente en esta configuración.

Pequeñas e inmensas, inmensas O pequeñas...
Es el punto inicial.




jueves, 7 de mayo de 2015

El momento más grave de la vida - César Vallejo

Un hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne cuando fui herido en el pecho.

Otro hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.

Y otro hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.

Y otro dijo:

—El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.

Y otro dijo:

—El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú.

Y otro dijo:

—El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre.

Y el ultimo hombre dijo:

—El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.

viernes, 17 de abril de 2015

Nicómedes Guzmán - Los hombres oscuros (fragmento)

"La huelga sigue su curso. Sin embargo, los gremios están imposibilitados para congregarse y tomar acuerdos, dado que las autoridades impiden cualquiera reunión. De esta manera, en general, los ánimos van declinando. Los diarios falderos, en tanto, se aprovechan de la manera de proceder de las autoridades y hacen su "labor", tergiversando las cosas y dando a la realidad interpretaciones que van en desmedro del movimiento; acusan de desleales a los dirigentes proletarios y, después de una serie de consideraciones, invitan al trabajo a los obreros. Los patrones, mientras esto ocurre, invariablemente, siguen bebiéndose sus cotidianos e imprescindibles aperitivos, se llenan el estómago y se palpan el vientre con satisfacción, inflexibles en su indolencia de quienes, respaldados por las autoridades, tienen la seguridad de vencer".

miércoles, 25 de marzo de 2015

Ante la ley - Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

lunes, 16 de marzo de 2015

Hijo de Satanás - Charles Bukowski

Yo tenía once años y mis dos compinches, Hass y Morgan, tenían doce y era verano, no había colegio y nos sentábamos en la hierba al sol detrás del garaje de mi padre y fumábamos cigarrillos.

- Mierda -dije. Estaba sentado bajo un árbol. Morgan y Hass estaban sentados con la espalda contra el garaje.
- Qué te pasa? -preguntó Morgan.
- Tenemos que coger a ese hijo de puta -dije-. ¡Es una vergüenza para este barrio!
- Quién? -preguntó Hass.
- Simpson -dije.
- Sí -dijo Hass-, tiene demasiadas pecas. Me pone nervioso.
- No es eso -dije.
- Ah, no? -dijo Morgan.
- No. Ese hijo de puta asegura que la semana pasada se folló a una chica debajo de mi casa. ¡Es una cochina mentira! -dije.
- Seguro que sí -dijo Hass.
- No sabe joder -dijo Morgan.
- Lo que sísabe es decir jodidas mentiras -dije.
- No aguanto a los mentirosos -dijo Hass, soltando un aro de humo.
- No me gusta oír esas tonterías de un tipo con pecas -dijo Morgan.
- Bueno, entonces quizá deberíamos ir a verle -sugerí.
- Por qué no? -dijo Hass.
- Venga -dijo Morgan. Bajamos por la calle de Simpson y allí estaba, jugando al balonmano contra la puerta del garaje.
- Eh -dije-, ¡mirad quién está jugando consigo mismo!
Simpson cogió la pelota al rebote y se volvió hacia nosotros.

- Qué hay, chicos? Lo rodeamos.
- Te has follado a alguna chica debajo de alguna casa últimamente? -le preguntó Morgan.
- Nnno.
- Cómo que no? -preguntó Hass.
- No sé.
- No creo que nunca te hayas jodido a nadie más que a ti mismo -dije.
- Tengo que entrar ya -dijo Simpson-. Mi madre ha dicho que tengo que fregar los platos.
- Tu madre tiene platos en el chocho -dijo Morgan. Nos reímos. Nos acercamos un poco a Simpson y sin más le propiné un fuerte derechazo en el estómago. Se dobló hacia adelante, sujetándose la tripa. Se quedó así medio minuto, luego se enderezó.
- Mi papá volverá a casa de un momento a otro -nos dijo.
- Ah, sí? ¿Tu papá también se folla niñas debajo de las casas? - pregunté.
- No.
Nos reímos.

Simpson no decía nada.

-Mirad esas pecas -dijo Morgan-. Cada vez que se folla a una niña debajo de una casa le sale una peca nueva.

Simpson no decía nada. Pero cada vez parecía más asustado.

- Yo tengo una hermana -dijo Hass-. ¿Cómo sé que no intentarás follarte a mi hermana debajo de alguna casa?
- Nunca haría eso, Hass, te lo juro!
- Ah, sí?
- Sí, lo digo en serio!
- Bueno, ¡éste es sólo para que no lo hagas!
Hass le dio un fuerte puñetazo a Simpson en el estómago. Símpson volvió a doblarse. Hass se agachó, cogió un puñado de tierra y se lo metió a Simpson por el cuello de la camisa. Simpson se enderezó. Tenía los ojos llenos de lágrimas. ¡Qué mariquita!

- Dejadme que me vaya, chicos, por favor!
- Adónde vas a ir? -le pregunté-. ¿A esconderte debajo de las faldas de tu madre mientras los platos le caen del chocho?
- Tú nunca te has follado a nadie -dijo Morgan-, ¡ni siquiera tienes pito! ¡Tú meas por la oreja!
- Como te vea alguna vez mirando a mi hermana -dijo Hass-, ¡te vas a llevar una paliza que te vas a quedar hecho una peca como una catedral!
- Dejadme que me vaya, por favor! Tuve ganas de dejarle ir. A lo mejor no se había follado a nadie. A lo mejor sólo había estado soñando despierto. Pero yo era el joven líder. No podía demostrar compasión.
- Tú te vienes con nosotros, Símpson.
- No!
- No? ¡Y un cojón! ¡Tú te vienes con nosotros! ¡En marcha! ¡Ya! Me puse detrás de él y le di una patada en el trasero, bien fuerte. Pegó un chillido.
- CÁLLATE! -grité-. ¡CÁLLATE O TE VAS A GANAR UNA PEOR!
¡EN MARCHA! ¡YA! Lo sacamos por el camino de su casa, cruzamos el jardín, entramos en el camino de la mía y lo llevamos a mi patio de atrás.

-¡Firme! ¡Ar! -dije-. ¡Manos a los costados! ¡Vamos a formar un consejo de guerra!

Me volví hacia Morgan y Hass y dije:

- Todos los que crean que este hombre ha mentido al decir que se ha follado a una niña debajo de mi casa, que digan ahora «culpable»!
- Culpable -dijo Hass.
- Culpable -dijo Morgan.
- Culpable -dije yo.
Me volví hacia el prisionero.

- Simpson, se te ha declarado culpable! Entonces sí que empezaron a caerle lágrimas de verdad a Simpson.
- Yo no he hecho nada! -decía sollozando.
- Pues de eso es de lo que eres culpable -dijo Hass-. ¡De mentir!
- Pero si vosotros siempre estáis mintiendo!
- Pero no en lo de follar -dijo Morgan.
- De eso es de lo que más mentís, de vosotros lo he aprendido!
- Cabo -me volví hacia Hass-, ¡amordace al prisionero! ¡Estoy harto de sus jodidas mentiras!
- Sí, señor! Hass corrió hacia el tendedero. Cogió un pañuelo y un trapo de cocina. Mientras sosteníamos a Simpson, le metió el pañuelo en la boca y después lo amordazó con el trapo de cocina. Simpson hizo unos ruidos como de arcadas y cambió de color.
- Creéis que puede respirar? -preguntó Morgan.
- Puede respirar por la nariz -dije.
- Sí -corroboró Hass.
- Y ahora qué hacemos? -preguntó Morgan.
- El prisionero es culpable, ¿no? -pregunté.
- Sí.
- Bueno, ¡como juez lo sentencio a ser cólgado por el cuello hasta morir! Simpson emitió unos ruidos por debajo de la mordaza. Sus ojos nos miraban, suplicantes. Corrí al garaje y cogí la cuerda. Había un buen trozo cuidadosamente enrollado y colgando de un enorme clavo en la pared del garaje. No tenía ni idea de por qué tenía mi padre aquella cuerda. Que yo supiera, nunca la había usado. Ahora iba a ser utilizada. Salí con la cuerda. Simpson echó a correr. Hass salió disparado tras él. Le hizo un placaje y lo tiró al suelo. Lo giró sobre sus espaldas y comenzó a pegarle en la cara. Corrí hacia ellos y con el extremo de la cuerda crucé fuertemente la cara de Hass. Éste dejó de pegar. Levantó la mirada hacia mí.
- Hijo de puta, te voy a romper el culo a patadas!
- Como juez, mi veredicto ha sido que se cuelgue a este hombre! ¡Y así será! ¡SOLTAD AL PRISIONERO!
- Hijo de puta, te voy a romper el culo a patadas!
- Primero vamos a colgar al prisionero! ¡Después tú y yo arreglaremos cuentas!
- De eso puedes estar seguro -dijo Hass.
- Póngase en pie el prisionero! -dije. Hass se quitó de encima y Simpson se puso de pie. Tenía la nariz ensangrentada y la pechera de la camisa manchada. La sangre era de un rojo muy brillante. Simpson parecía resignado. Ya no lloriqueaba, pero su mirada era de terror, era horrible de ver.
- Dame un cigarrillo -le dije a Morgan. Me puso uno en la boca.
- Enciéndemelo -dije. Morgan encendió el cigarrillo y di una calada. Entonces, manteniendo el cigarrillo entre los labios, eché el humo por la nariz, mientras hacía un nudo corredizo en el extremo de la cuerda.
- Poned al prisionero en el porche! -ordené. Había un porche trasero. Encima del porche había un saliente. Lancé la cuerda por encima de una viga, luego tiré del nudo corredizo, que quedó frente a la cara de Simpson. Yo no quería continuar con aquello ni un minuto más. Creía que Simpson ya había sufrido bastante, pero yo era el líder e iba a tener que pelear con Hass después y no podía demostrar debilidad.
- Tal vez no debiéramos -dijo Morgan.
- Este hombre es culpable! -grité.
- Exacto! -gritó Hass-. ¡Vamos a colgarlo!
- Mirad, se ha meado encima -dijo Morgan. Era verdad, había una mancha oscura en la parte delantera de los pantalones de Símpson e iba creciendo.
- No tiene agallas -dije. Pasé la soga por la cabeza de Simpson. Di un tirón a la cuerda y levanté a Simpson hasta que quedó de puntillas. Después cogí el otro extremo de la cuerda y lo até a un grifo que había a un lado de la casa. Hice un nudo bien fuerte y grité:
- Vámonos echando leches! Miramos a Simpson colgado allí de puntillas. Giraba muy lentamente y tenía ya aspecto de muerto. Eché a correr. Morgan y Hass salieron corriendo conmigo. Corrimos a lo largo de la entrada y luego Morgan se separó rumbo a su casa y Hass rumbo a la suya. Me di cuenta de que yo no tenía adónde ir. Hass, pensé, o te has olvidado de la pelea o no querías pelear. Me quedé de pie en la acera durante un minuto aproximadamente, luego volví corriendo al patio trasero. Simpson seguía girando. Muy levemente. Nos habíamos olvidado de atarle las manos. Las tenía levantadas, intentando aliviar la presión de la soga en el cuello, pero le resbalaban. Corrí hacia el grifo, desaté la cuerda y la solté. Símpson golpeó el suelo del porche, luego rodó hasta el césped. Quedó boca abajo. Le di la vuelta y le desaté la mordaza. Tenía mal aspecto. Parecía como si fuera a morirse. Me incliné sobre él.
- Oye, hijo de puta, no te mueras, yo no quería matarte, de verdad. Si te mueres, lo siento. ¡Pero si no te mueres y alguna vez se lo cuentas a alguien, entonces seguro que te rompo el culo! ¿Has entendido? Simpson no contestó. Simplemente me miró. Tenía un aspecto horrible. Tenía la cara púrpura y quemaduras de soga en el cuello. Me levanté. Lo miré durante un rato. No se movía. Tenía mal aspecto. Creí que me iba a desmayar, pero me recompuse. Respiré profundamente y subí por el camino. Eran alrededor de las cuatro de la tarde. Eché a andar. Bajé hacia el bulevar y seguí andando. Iba pensando. Me sentía como si mi vida hubiese acabado. Simpson había sido siempre un solitario. Probablemente un tipo que estaba solo.
Nunca se mezclaba con nosotros, los otros chicos. Era raro en ese sentido. Tal vez fuera eso lo que nos molestaba de él. Sin embargo, había algo agradable en él. Por un lado, me sentía como si hubiese hecho algo muy malo, y por otro no. Sobre todo tenía esa sensación de vacío que se concentra en el estómago. Anduve y anduve. Fui hasta la autopista y volví. Los zapatos me estaban destrozando los pies. Mis padres siempre me compraban zapatos baratos. El buen aspecto les duraba alrededor de una semana más o menos, después el cuero se cuarteaba y las uñas comenzaban a asomar a través de las suelas. De todas formas, seguí andando. Cuando llegué a mi casa era casi de noche. Bajé lentamente por el camino de entrada hacia el patio trasero. Simpson no estaba allí. Y la cuerda había desaparecido. Tal vez estuviese muerto. Tal vez estuviese en otro sitio. Eché una mirada alrededor. El rostro de mi padre apareció enmarcado por la puerta de tela metálica.

- Entra -dijo.

Subí los escalones del porche y pasé por delante de él.

- Tu madre no ha regresado todavía. Afortunadamente. Vete a tu habitación. Quiero tener una pequeña charla contigo. Entré en mi habitación, me senté en el borde de la cama y bajé la mirada hacia mis zapatos baratos. Mi padre era un hombre grande, 1,89 m. Tenía una cabeza grande y unos ojos que colgaban bajo unas cejas tupidas. Tenía los labios gruesos y las orejas grandes. Era despreciable sin siquiera proponérselo.
- Dónde estabas? -preguntó.
- Andando.
- Andando. ¿Por qué?
- Me gusta andar.
- Desde cuándo?
- Desde hoy.
Hubo un largo silencio. Después volvió a hablar.
- Qué ha pasado hoy en nuestro patio?
- Está muerto?
- Quién?
- Le advertí que no hablara. Si lo ha hecho es que no está muerto.
- No, no está muerto. Y sus padres iban a llamar a la policía. Me costó mucho rato convencerlos de que no lo hicieran. ¡Si hubiesen llamado a la policía tu madre se habría muerto del disgusto! ¿Te das cuenta? No contesté.
- Tu madre se habría muerto del disgusto.¿Te das cuenta? No contesté.
- He tenido que darles dinero para que no dijeran nada. Además, tendré que pagar la cuenta del médico. ¡Te voy a dar la paliza de tu vida! ¡Ahora vas a aprender! ¡No voy a criar un hijo que ni siquiera sabe vivir entre personas! Estaba allí de pie, en la puerta, sin moverse. Miré sus ojos bajo aquellas cejas, aquel corpachón.
Quiero que venga la policía -dije-. No quiero saber nada de ti. Llama a la policía.
Vino lentamente hacia mí.
- La policía no entiende a la gente como tú. Me levanté de la cama y cerré los puños.
- Venga -dije-. ¡Vamos a pelear! Se echó sobre mí de repente. Sentí un destello de luz cegadora y un golpe tan fuerte que, en realidad, no lo sentí. Estaba en el suelo. Me levanté.
- Más vale que me mates -le dije-, porque si no, cuando yo sea suficientemente mayor te mataré! El siguiente golpe me mandó rodando debajo de la cama. Parecía un buen sitio donde estar. Levanté la vista hacia los muelles y sentí que nunca había visto nada tan amistoso y maravilloso como aquellos muelles de allí arriba. Entonces me reí, era una risa de puro miedo, pero me reí y me reí porque de pronto se me ocurrió que tal vez Símpson si se había follado a una niña debajo de mi casa.
- De qué mierda te ríes? -gritó mi padre-. ¡Tú debes de ser Hijo de Satanás, tú no eres hijo mío! Vi su enorme mano metiéndose debajo de la cama, buscándome. Cuando la tuve cerca la cogí con las dos manos y la mordí con todas mis fuerzas. Se oyó un aullido feroz y la mano se retiró. Mi boca tenía un sabor a carne fresca, escupí. Entonces me di cuenta de que aunque Simpson no estaba muerto era muy probable que yo sí lo estuviera muy pronto.
- Muy bien -oí decir a mi padre por lo bajo-, ahora sí que te la has ganado y te juro que te la vas a llevar. Esperé, y mientras esperaba lo único que oía eran ruidos extraños. Oía pájaros, oía el ruido de los coches que pasaban, oía incluso mi corazón palpitando y la sangre circulando por todo el cuerpo. Oía a mi padre respirar, entonces me arrastré hasta quedar exactamente debajo del centro de la cama y esperé a ver qué pasaba.

lunes, 12 de enero de 2015

El hombre de los bellos ojos

cuando éramos chicos
había una extraña casa
todas las cortinas estaban
siempre
bajas
y nunca oíamos voces
adentro
y el patio estaba lleno de cañas
y nos gustaba jugar en las cañas
a que éramos Tarzán
(aunque sin ninguna jane)
y había un estanque de peces
grande
lleno de los peces
más gordos que hubiéramos visto
y eran mansos
venían a la superficie del
aguay agarraban pedacitos
de pan
de nuestras manos.
nuestros padres nos habían
dicho:
¨no se acerquen a esa casa¨
así que, por supuesto,
lo hacíamos.

nos preguntábamos si alguien
vivía ahí.
las semanas pasaban y nunca
veíamos a nadie.

pero un día
escuchamos una voz
desde la casa
¨¡PUTA DE MIERDA!¨

era la voz de
un hombre.

entonces la puerta
de la cocina
se abrió de golpe
y un hombre salió.

tenía una botella de whisky
en la mano derecha
y más o menos 30 años.
un cigarrillo
colgaba
de su boca
y necesitaba afeitarse.
su pelo estaba
salvajemente revuelto
y andaba descalzo
en camiseta y pantalones.
pero sus ojos
eran
brillantes.
encandilaban
con su brillo
y nos dijo,
¨hey, caballeritos,
espero que están
pasando un buen rato¨.

entonces se rió
y volvió a la casa.

nosotros nos fuimos
de vuelta al patio de mis padres
y pensamos sobre eso.

nuestros padres,
decidimos,
nos querían alejar de ahí
porque no querían
que vieramos a un hombre
como ése, un hombre
fuerte y natural
con
bellos ojos.

nuestros padres
estaban avergonzados
porque ellos
no eran como ese hombre,
por eso nos querían
alejar de allí.
pero volvimos
a aquella casa
y a las cañas
y a los mansos peces.
volvimos muchas tardes
durante muchas
semanas
pero nunca
vimos
ni oímos
al hombre de nuevo.
las cortinas estaban
bajas
como siempre
y todo estaba quieto.

entonces un día
mientras volvíamos de la escuela
vimos la casa.

se había incendiado,
no quedaba nada,
solo unos cimientos negros
chamuscados y retorcidos
y fuimos al estanque
y no había agua
y los peces gordos y naranjas
estaban muertos ahí,
secándose.

volvimos al patio de mis padres
y hablamos sobre
eso.
y decidimos que
nuestros padres habían
quemado la casa,
y habían matado
a los peces
porque todo
era tan bello,
incluso el bosque
de cañas habían
quemado.
habían tenido miedo
del hombre
de los ojos
bellos.

y nosotros tuvimos miedo entonces
de que a lo largo de nuestras
vidas
cosas como ésa
sucedieran,
que nadie quisiera
que otro sea
fuerte
y bello,
que nunca lo permitirían,
y que
mucha gente
tendría
que morir.

Charles Bukowski