La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa.
—Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada.
—Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz —murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua.
—De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos.
—¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel?
—Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran.
Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación.
—¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos.
El junco le hizo una amplia reverencia.
La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano.
—Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos.
A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante.
—No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa.
Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias.
—Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes.
—¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar.
—¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós!
Y diciendo esto, se echó a volar.
Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad.
—¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad hay algún albergue donde pueda pernoctar.
En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna.
—Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado.
Y así diciendo, se posó entre los pies del Príncipe Feliz.
—Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor.
En seguida se preparó para dormir. Mas cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta.
En ese mismo momento cayó otra gota.
—¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea.
Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo.
Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado.
—Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contesto la estatua—, pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar.
—¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley?
Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente.
—Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—... allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?... tengo los pies clavados en este pedestal.
—Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste!
—Es que no me gustan mucho los niños —contesto— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció.
—Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe.
La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente.
—¡Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor!
—Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas!
La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas.
—¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.
Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso.
Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
—¡Qué raro! —agrego—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío.
—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe.
La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida.
Al amanecer voló hacia el río para bañarse.
—¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían.
—Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta.
Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: “¡Qué extranjera tan distinguida!“. Cosa que a la golondrina la hacía feliz.
Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe.
—¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más?
—Los míos me están esperando en Egipto —contesto la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado.
—Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí?
—¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra.
—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer.
Y se puso a llorar.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas.
—¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra!
Y se le notaba muy contento.
Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso.
Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz.
—Vengo a decirte adiós—le dijo.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo.
—Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará.
—Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico.
La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos.
—¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa.
Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre.
—No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua.
Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones.
Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas.
—Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras.
Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor.
—¡Qué hambre tenemos! —decían.
—¡Fuera de ahí! les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia.
Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto.
—Mi estatua esta recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad.
Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad.
—¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban.
Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río.
La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar.
Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano?
—Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho.
—No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua.
—¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado!
—¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo.
—El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado —dijo el alcalde—. En una palabra se ha transformado en un verdadero mendigo.
—¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores.
—Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohiba a los pájaros venirse a morir aquí.
El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea.
Entonces mandaron a derribar la estatua del Príncipe Feliz.
—Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir que harían con el metal.
—Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
—Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez.
Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo.
—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura.
Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta.
—Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
—Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Aurea Ciudad.
martes, 17 de junio de 2014
miércoles, 11 de junio de 2014
Don Beño - Oscar Castro
En el boliche de don Beño hay de todo. Desde las escobas ensartadas en los barriles del maíz y los atados de cochayuyo, hasta las tiras de charqui colgadas en alambres para banquete de las moscas; desde las prietas de chancho y los broches de presión, hasta los aros de vidrio pintado "pa la novia". También hay—así lo proclama afuera una pizarra desteñida—"chicha dulse de Doñihue resién yegada y chocolí blanco y tinto".
Puede ser que don Beño tenga cuarenta y cinco años. También puede ocurrir que tenga sesenta. Hace quince que los parroquianos le conocen los mismos bigotes lacios y las mismas palabras gastadas. A sus espaldas la estantería ha ido envejeciendo. Hasta los cigarrillos y las botellas de cerveza parecen tener arrugas. Él, por contraste, prefirió quedarse igual. Tiene las manos grandotas y los ojos ladinos. Las primeras le sirven para hacerse respetar; los ojos, para que no se le vayan sin pagar los clientes.
El negocio está ubicado unos metros más acá de la vía férrea, límite municipal del pueblo. A una cuadra queda el cementerio. De la "línea" para allá, la calle, aburrida, opta por ser camino. No es mucha la diferencia: unas cuantas zarzamoras de más y unos pocos chiquillos de menos. Por el camino de "El Trapiche" caen a la calle del Cementerio los peones de los fundos próximos. Los sábados al anochecer, "lo de on Beño" se llena de parroquianos. Son muy pocos los que pueden resistir el aroma deleitoso de las sopaipillas y de los arrollados "calentitos" y picantes que el bolichero pone como una tentación sobre el mostrador en grandes fuentes de greda.
El día viernes es, generalmente, malo para el negocio Agotado el dinero de la semana, el vecindario no compra casi. Y las comadres que acuden allí, traen muchas palabras y ninguna moneda.
Por eso es que ahora don Beño aguarda sin premura. A pesar de que los objetos apenas se divisan dentro del despacho, no ha encendido la lámpara de carburo. Espera que alguien entre para hacerlo. Mientras tanto, se ha acodado en un montón de sacos y mira los juegos de algunos rapaces en la calle terrosa. Sobre las cosas de afuera, caen los últimos fuegos de las nubes costeñas. Algunos murciélagos pasan ya, como telarañas volanderas. Las risas de los mocosos lavan el ambiente con un agua celeste y clara.
La paciencia de don Beño se prolonga, medio adormilada, sobre la espera. Un chiquillo entra a pedir un "atao de cigarros y un litro de chocolí a la cuenta del taita". Lo despacha de mal humor y anota dos rayas en la ya larga lista de su cliente. No trabó nunca conocimiento con las matemáticas. Su contabilidad es un sistema de trazos cortos y largos, cuya clave es de su exclusiva propiedad.
A pesar del avisito en verso, el despachero abre créditos. Pero con límites y reticencias. Sabe que las deudas chicas no se pagan por insignificantes. Y las crecidas tampoco, porque en el barrio no hay gente rica... A veces fía por aburrimiento. Le cansa escuchar súplicas y lloriqueos de las vecinas:
—"Este sinvergüenza'e mi marío, señor, por Dios, que no se le da niunita cosa por sus crías ni por naide. Too se lo toma, too lo bota por ahí con sus marditos amigos. Y lo pior es que abandona el trabajo y endespués no lo almiten más. Pero es inútil decirle ná, señor, porqu'está perdío y no le quea ni pizquita'e vergüenza. Ahora tengo a los chiquillos llorando de hambre"..., etc., etc.
—"¡Qué diablos, toos tienen derecho a la vía!" —comenta después de cada rasgo de desprendimiento—. Y a lo mejor no sabe uno lo que le ha'e suceder mañana. . .
La soledad y la noche penetran lentamente al negocio. Se sienten bien allí. Se vacían en el mostrador, en los sacos de papas, en los rincones más desconsolados de la pieza. Ayudan a los ratones en su tarea. Lustran el traje negro de las "baratas". Permanecen allí hasta que el despachero se decide a arrojarlas fuera con la luz de la lámpara. Cuando la llama se alarga en forma de puñal, adquiriendo toda su intensidad, don Beño toma una revista grasienta y la hojea sin atención. Entonces, la calle empuja un hombre hacia la puerta.
La primera mirada del bolichero es de indiferencia para el visitante. Pero luego reacciona. La cara del hombre tiene una palidez de tiza. Una súplica inmensa se desborda de sus ojos. Da unos pasos y se apoya en lo primero que encuentra su mano: una barrica de maíz. Allí se queda, doblado, apretándose la parte baja del vientre.
—¡Ruperto! ¿Qué te pasa, hombre?
El recién llegado rompe el sufrimiento como una capa de hielo y en su rostro aflora una sonrisa desteñida, lamentable:
—Me fregaron, Beño. Vengo herío.
De dos trancos, el despachero se pone a su lado. Toma la mano izquierda del otro y quiere separársela del cuerpo. Pero está como soldada allí y no lo consigue.
—¿Es tajo?
—No..., balazo.
—¿Quién jué?
—Los pacos. Me traen cuspao. Escóndeme si querís librarme.
—Andale p'acá.
Lo conduce casi en vilo hasta la pieza contigua y lo sienta en su lecho. El forastero se agita un poco y aprieta las mandíbulas con fuerza para triturar los lamentos. Tendrá unos treinta y cinco años. Es todo músculos y huesos. El dolor le ha tallado las facciones a cuchillo. Sus pómulos, acusados con firmeza, tienen algo de cosa fríamente mineral e insensible. Pero sus ojos negros viven con ardorosa intensidad; allá, muy adentro de ellos, comienza a prender una hoguera de fiebre.
—Tengo sé, Beño; dame agua.
Don Beño le pone entre los dedos un vaso de aguardiente. El herido lo vacía de una vez, sin paladearlo, sin darse cuenta del fuego que cae a sus entrañas.
—¿Aónde te abrieron el boquete?
—Aquí.
El hombre retira lentamente su mano y aparece un hoyo negro cerca de la ingle derecha, por donde mana, sin premura, un líquido espeso y obscuro.
—¿Tenís aentro la bala?
—Sí. Parece que me topó en el güeso'e la caera.
—A ver, ábrete los pantalones.
—Anda primero a mirar si los perros me han perdío la güella.
Sale don Beño y regresa casi al instante:
—No, no hay ni un alma en la calle—informa. Y luego, interesado—: ¿Te pillaron en algo?
—No; es por el asunto'e la muert'el Vito, vos ya sabís. Me habían dejao tranquilo porque ni las habían parao siquiera; pero pillaron al Rocha y me vendió. ¡Puee ser que lo encuentre algún día pa enseñale a gente! ¡Chancho mal agradecío!
Mientras don Beño lava la herida del otro y la venda con un trozo sucio de camisa, desanda los años caminados hasta esa noche y se encuentra con Ruperto en un camino solitario. Están los dos agazapados entre la zarzamora, conversando en voz baja. Los une el odio y la ambición. Aguardan a un hombre. Han saltado los cercos de la ley para vengarse. El hombre que esperan es un "delgao'e verijas", un "chupa", un traidor. De aquello hace más de quince años. Pero don Beño tiene tatuada a fuego la escena en su imaginación. El "chupa" asomó en el camino. Venía de las minas. Traía su buena "billetá" en los bolsillos, porque era día de pago. Dos cuchillos cortaron la sombra y buscaron la espalda del caminante. Allí se quedó tendido "sin decir Jesús". Nunca se supo quién lo había muerto. Con el producto de aquel golpe, y pasado un tiempo prudencial, don Beño instaló el boliche que ahora tiene. Ruperto, el compañero, siguió su vida. Hacía sus buenos años que no asomaba por allí. Y ahora...
—Pero ¿juiste vos entonces el que dio güelt'al Vito?
—No, cumpa; jue mi cuchillo. Solito vino a ensartarse el barbeta... Teníamos cuentas viejas. Y vos sabís, yo les doy soga no más; pero un día vienen aonde yo'stoy sin que los llame...
El despachero interrumpe su tarea para echar otro vistazo a la calle. En el mismo instante en que llega a la puerta, dos caballos se paran frente a ella. Hay un ruido de sables, y dos carabineros se desmontan sin decir palabra.
—Güenas noches, on Beño.
—Güenas, sargento.
—¿Qué le parece el friecito?
—Algo empalaora está la noche, pues sargento.
—¿Qué novedades tiene por aquí?
—Niuna. Usté sabe que por aquí raras veces hay cosas nuevas.
Mientras habla, el sargento González ha entrado en el boliche. Mira con disimulo a todas partes. Tras él penetra su otro acompañante.
—¿Quiere servise un trago, sargento?
—No. No'stoy pa esas cosas, on Beño. Vengo detrás de un zorro correorazo que agarró pa estos laos.
—¿Alguno qu'estaba metiendo rosca por ey?
—No, se trata de un gallo de cuidao. Venimos siguiendo al Rupa; ¿lo conoce?
—El Rupa..., el Rupa... ¿Será por casualidá uno grande, flaco, tirao a crespo?
—Ese mismo. ¿No ha venío por aquí?
—Tiempo atrás'tuvo con unos amigos, sargento.
—¡Ah! ¿Y no ha güelto?
—No. Creí que se había largao pa las minas. ¿Ha cometío alguna fechoría?
—¿Una? Una docena, diga mejor. Es roto malo sin güelta ése.
—Pa que vea. ¡Quién lo hubiera pensao, con la carit'e santo que se gastaba! La pura verdá que no hay que confiar en nadie, sargento.
Don Beño se ha ubicado estratégicamente entre el mostrador y la puerta que comunica con su habitación. Su asombro y sus palabras tienen una naturalidad absoluta. Habla fuerte para prevenir a su amigo. Pronuncia muchas veces la palabra "sargento", a fin de que el otro se dé cuenta... Está presente en el despacho, pero con el oído conectado hacia el cuarto vecino. Es éste un sentido independiente de los demás. Lo aprendió a usar en otros tiempos, cuando su vida dependía de un rumor. . .
—Güeno, on Beño, dejémonos de pamplinas. Un chiquillo me dijo ahí en l'esquina qu'el Rupa se había metío aquí. Tengo que registrarle la casa.
—¿Cómo dice? ¿Que v'a registrame mis cosas pa ver si el bandío ése se ha colao puaquí sin que yo lo haiga visto? ¿También es brujo el mentao Rupa?
—L'estoy hablando formal, mi amigo. Tengo que cumplir mi deber.
—¡Ta güeno, sargento! ¿Así es que se figura que yo lo tengo escondío?
—Yo no pienso ná. Me dijeron eso y... ¡qué vamos'hacerle !
—¡Bien no más! Registre entonces, pues sargento. Cuando l'autoridá manda, tiene uno que agachar la cabeza no más. Pero me duele, porque yo lo creía mi amigo a usté, sargento. Siempre lo hey atendío como púe. Llevo quince años aquí y nunca hey tenío ná que ver con la justicia. ¡Tengo bien limpiecita mi frente, gracias a Dios!
El sargento González encoge los hombros y hace una seña a su subordinado:
—Por aquí vamos a comenzar.
Señala con un gesto la puerta que hay a la espalda de don Beño y avanza. Instintivamente el bolichero echa una mirada al mostrador. Allí hay un cuchillo que durante quince años ha cortado perniles y arrollados. Pero ese cuchillo conoció tiempo atrás el sabor de la sangre humana. Puede que lo haya olvidado ya y necesite recordarlo ahora...
Toma el arma y la desliza rápidamente bajo sus ropas. El sargento, la carabina preparada, ha abierto la puerta de un solo golpe, y antes de penetrar, echa una mirada rápida hacia todos los ángulos. Don Beño contiene la respiración, Inconscientemente aprieta el mango del cuchillo. Un movimiento brusco del policía, y él entrará en acción. Pero no es necesario. El sargento escudriña por todas partes y no encuentra nada.
Sin volverse hacia don Beño, le interroga:
—¿Y esta otra puerta, a dónde da?
—Al patio, sargento.
De una hojeada, don Beño ha dominado todo el cuarto. El corazón se le descarga un poco. Ruperto ha tenido la suficiente presencia de ánimo para borrar todas sus huellas antes de huir. De pronto, su mano va de nuevo al cuchillo. En el borde de la cama hay una mancha de sangre. El sargento la divisa al mismo tiempo que él. Vuelve sus ojos hacia el dueño de casa: encuentra su cara inmutable.
—¿Y esta sangre on Beño?
Entonces las facciones del bolichero se revisten de una picardía infinita, y responde con voz insinuante y entera:
—¡Tan amigo'e meterse en vías ajenas que lo han de ver, sargento!...
Es tanta la impudicia, tan picante el tono y tanta la gracia con que don Beño ha pronunciado las palabras, que los dos carabineros rompen a reír al unísono.
El sargento González hace entonces un guiño de complicidad, palmotea el hombro del bolichero y le dice todavía riendo, al salir:
—¡Lo aniñao no se le v'a quitar nunca al viejo éste!
martes, 10 de junio de 2014
El Taita de la Oficina - Carlos Pezoa Véliz
¡Tanto tiempo!... El estaba guaina entonces, y tenía unos brazos como naide, una cartera bien colmaa pa los amigos y unos puños agarrotados, que eran lo mesmo qu'icir: "El que me la hace, la paga".
Le llamaban "El Guapo" por mal nombre; más tarde le decían el "¡Ves qué niño!". Después, el "Mala Cara", y hoy, "El taita de la oficina". El verdadero nombre suyo no lo recuerda, ni hace falta...
"Las había echado" al norte por unos cuantos meses no más: quería juntar unos cobrecitos, comprar un peazo e tierra "pa tener en qué caerse muerto", y llevar donde el cura de Nancagua a la morena colorá que palabrió en la trilla de don Bacho Reyes...
-Por unos cuantos meses no más.
Anduvo corto en el cálculo, porque hace ya cuarenta años que no ve a la morena colorá ni al rancho de Nancagua, donde vio transcurrir plácidamente los olvidados días de su infancia.
Las greñas de sus bigotes hirsutos parecen agriar su formidable mirada de barretero bravío cuando con los ojos amoratados se pone a recordar su perdida felicidad.
-¡Güen dar que hei sío desgraciao!
Cien veces ha tenío el dinero para volver al sur. Una vez fue el tacuaco Juan Mella que lo llevó a los "salones de niñas" en Taltal: remolieron una semana con arpa y guitarra, "se cayeron" los mil quinientos pesos de ahorro al cajón del burdel y se acabó too...
-La copa, patroncito: ésa es mi perdición de siempre...
Mire, una vez bajé en la expedición a Caracoles con don Pedro Díaz Gana, trayendo no menos que tres mil pesos en metales míos. Cuando me entriegaron los billetes en que los vendí, agarré una rasca que me duró pa un mes justo.
Me templé con la famosa "Huifa", apuñalié a un pirquinero y me arranqué pa Bolivia. Ahí estaba cuando empezaron las primeras diferencias sobre la cuestión del salitre.
Y así habían pasado cuarenta años para "El taita de la oficina". De Calama a Uyuni, de Uyuni a Chuquicamata, de Chuquicamata a Sierra Gorda, de Sierra Gorda a Caracoles, de Caracoles a Antofagasta, de Antofagasta a Taltal y de Taltal a Lautaro. Ahí estaba ahora como último trabajador de la oficina.
-Eso sí, por la maire, que me quea el consuelo de haber sío el numeruno entre los entallaos de Taltal...
Encantadonr a veces, solía hablar con cariño de esas salitreras qeu ya le conocían. Para él no había como eso de "tirar costras" y "morder polvo" a pampa rasa, "encalillao" con una barreta de dos metros o con la cuña en un trozo "metía hasta el contre".
Su chiste era feroz como una cuchillada, no faltándole jamás el donaire para sostener que en la vida no hay más que comer, dormir y "colgar".
El hambre era para él "una tonada en las taipas"; la mujer, una "chancadora de chauchas"; el amor, una "rasca sin vino"; la cerveza, el "Dominus Obisco"; el matrimonio, un "sermón de las tres horas"; el trago, "un compañero", y la vida, "una payasá"...
Conocía al dedillo todas las labores salitreras. Peregrino de un viaje sin posible término, había disparado un cachorro (Nota: se llama el pequeño disparo de pólvora con que se afloja el caliche) en Santa Luisa, se había hecho ripiar (Nota: Trabajador que se ocupa en sacar la tierra suelta que sobre en los cachuchos hirvientes, después de liquidado el salitre) en Ballena y había tomao junto con el patrón Daniel Oliva cuando en la oficina Atacama les toreaba los cobres de pago con damajuanas de chicha...
Le toleraban los patrones porque en cierto modo era el depositario de las tradiciones pampinas.
-¡Déjenlo a ese diablo!
"Ese diablo" era de los expedicionarios caracolinos, como que junto con Méndez y Porra recordaba haber dormido a plena pampa del litoral, echado muellemente sobre las espaldas y "abrigándose con la barriga".
"Ese diablo" era capaz de "volver loca una calichera", hasta extraerle de las salinosas entrañas "un mes de tomateras abajo", es decir, en las casas alegres del puerto más próximo a la oficina...
No recuerda haber tenido más amigos de duradera compañía que el reflexivo "Pituco", un pobrecillo choco de ojos tristes, concentrado en su amor a "El taita de la oficina", inseparable compañero de todas las penurias que él había pasado de desierto en desierto.
Todo se había quedao atrás. Peiro Carvajal, aquel toro de puños famosos, murió quemado en los cachuchos de la oficina Germania; Juan Garcés, en la cárcel; aquel pampino llegado del sur, marinero del 79, salteador años después... Pancho Molina, el "Cuchillo Taimado", también ya estaba muerto: lo asesinaron los indios de Pachacamata por enamorado...
Recuerda él los tiempos en que bajaba de la pampa con los amigos.
-¿Onde vay, hombre?
-Pa Taltal, pues.
Lo decía ruidosamente, con aquella facha del que lleva trescientos o más pesos "pa darse gusto..."
No era lo mismo cuando volvía al trabajo, "en la malla" ya: sin amigos ni dinero.
-¿De ónde venís ahora?
-De Taltal, hermanito...
La voz era triste, con aquella melancolía feroz del que ha perdido el esfuerzo de una vida, el producto de su brazo incansable, ofrecido en el más tremendo desafío a las vicisitudes del vivir.
Nunca ya sus ojos nostálgicos volverán a ver el rancho de "l'hacienda" o el arrabal de la aldea nativa. Sus hermanos habrán muerto ha muchos años; los hijos de ellos apenas si tendrán noticias de que hay un tío muy viejo, del cual sólo saben el carácter aventurero que lo condujo "al norte", para no volver más.
El día que se aburriera, no había más que sentarse en la boca del tiro y encender la mecha. El dinamitazo lo elevaría, seguramente, a la gloria de Dios Hijo y toolo demás.
¡"El taita de la oficina"! Es decir el más viejo de los trabajadores, el más corrido, el más espoliado, el más vicioso, el más pobre. El que reunía en sí aquellos atributos lamentables del pampino andariego, sin olvidar siquiera los más odiosos o los más conmovedores. El que ya había dado tres rebanás en el abdomen del amigo no amigo; el que había amamantado a esos niños de la aventura con "la leche del mineral" o con la sangre suya; el que había dejado una pierna en los cachuchos, un brazo en las maquinarias, una cuchillada en el campamento, una deuda en la administración, un hijo en la querida, un recuerdo en la fonda (Nota: cocinería principal del campamento). El que sabía hacer una buena cangalla (Nota: metal que los mineros sacan a escondidas), el que sabía soportar el hambre, el que desafiaba la puna, el que se reía de la suerte.
-¡El mañana! No frieguen, hombres... "Mañana será otro día" y no es pa que un hombre "de pelo en pecho" se eche a morir".
"El sur, patroncito; las trillas de Yaquil... Too lo tengo muy presente. Me parece tar en el fundo, cuando nos íbamos con el vaquero a ver las apartas. Ibamos por el camino de La Placilla, a la sombra de unas alamedas grandes qu'iban a rematar en la misma caja del Tinguiririca. Ahí en la orilla era onde vivía la Carmen Rosa, l'hija de don Bacho... Ahora ya se acabó too...
Y se perdía hablando solo, en dirección al campamento de la oficina. En la media luz de la plazoleta, se balanceaban lentamente sus grandes brazos, que eran como el despojo postrero de una talladura soberbia, ahora abatida por el cansancio de las espaldas.
lunes, 9 de junio de 2014
El preceptor Bizco - José Santos González Vera
EN LA ESCUELA fue donde conocí, por primera vez, el aspecto brutal de la vida.La escuela parroquial funcionaba en una feísima y vieja casa, compuesta de grandes salas yertas. El patio, aunque extenso, por estar encerrado entre altos muros, era más frío y extraño que las salas.
Además estaba como aplastado por la sombra de la iglesia contigua. La fisonomía de ese patio estará siempre fija en mi memoria.
De entonces sólo conservo recuerdos de imágenes. Tal vez nos enseñaban alguna cosa... Era el profesor un sujeto rubio, bizco, de
pequeña estatura, gélido completamente. Pisaba con la punta de sus pies y gritaba sin cesar. No sonreía ni por broma. ¡Qué excelente carcelero hubiera sido!
Apenas la campana sonaba, el torturador aparecía en el patio frotándose las manos. Nos formábamos apresuradamente y nos íbamos a la sala temblando por lo que podía suceder.
Le odiábamos con entusiasmo y ejercitábamos nuestros espíritus en desearle las más abominables desgracias; pero el bárbaro estaba siempre en pie, sonrosado, elástico, con una salud desafiante.
Reinaba en la sala silencio lúgubre... Nos mirábamos con mirada piadosa y después estáticos y con el corazón convulso, esperábamos el temido minuto.
El bizco se alisaba su cabellera roja y miraba con detenimiento.
Luego comenzaba a tomar la lección con la cabeza inclinada sobre su cuaderno de notas. Solía toser algo; pero nunca tanto como para que se le comprometiesen los pulmones.
Desventurado era el chiquillo que no había resuelto su tarea. El bizco sin poner mala cara, pero sin oír tampoco ninguna disculpa, le ordenaba colocarse frente al pizarrón, empezaba a modular todos los tonos del sollozo. Y nosotros nos sentíamos embargados por la más intolerable de las angustias.
Nuestro torturador abría su escritorio y buscaba. Revolvía los papeles con el abandono del que se encuentra solo; pero cuando hallaba al guante, en su rostro se proyectaba una sombra de agrado.
El penitente, mientras duraba la búsqueda, gemía con cierto método. Cuando el tono decrecía y parecía extinguirse, era seguro que en su alma crecía la esperanza de salvarse.
Desde nuestros bancos podíamos seguir con precisión absoluta los movimientos del profesor. Nuestra unidad psicológica era maravillosa. Si sus ademanes eran medidos, el gemido de la víctima oscilaba en la nota menor y el ritmo de nuestros corazones se normalizaba. Pero, si la mano se estiraba con vehemencia hasta el fondo del cajón, el gemido dilataba el pecho del colegial y ganaba espacio sin respeto a ninguna nota intermedia, y nosotros dejábamos de respirar.
Para el bizco era motivo de bochorno, después del precipitado adelantamiento de sus dedos, no dar con el instrumento. Es cierto que terminaba por imponerse, pero el titubeo le contrariaba.
No sé si por distracción o espíritu de farsa exclamaba en voz alta:
-En fin... el guante ha desaparecido.
Y quedaba pensativo.
El alumno imploraba a su vez:
-Señor.. Perdóneme... le juro que...
Regresaba el bizco de su abstracción dándose con la punta de los dedos en la frente:
-¡Ah... pero si ayer lo guardé en el otro cajón!
Cuando se acercaba con el guante, el discípulo chillaba, cerraba los ojos, se retorcía. Daba gritos que herían las entrañas. Ocultaba sus manos en la espalda, se hincaba, pedía perdón, se entregaba a todas las manifestaciones de la impotencia. Por desgracia, inútilmente. El bizco, inmutable y frío, le ordenaba presentar la mano abierta.
Y el guante se alzaba y golpeaba...
Los gritos vibraban en los vidrios, repercutían en los muros del patio y se iban muriendo por las calles desiertas.
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